lunes, 13 de noviembre de 2017

Ira


No he sido yo quien ha tendido la ropa de la fotografía.
Nunca he cocinado en esa lumbre.
Tampoco eres tú el que llora sobre mi tumba.
Me importa una mierda si sigues con vida.
No te lo tomes a mal, pero yo no, y eso influye.
Si decidiste divertirte o aburrirte, a mi me da igual. A estas alturas me importa un bledo si lograste encontrar el lado bueno de las cosas.
Estoy tan enfadada que no te deseo ningún mal.
Pero, ojalá se extingan de nuevo los dinosaurios por un mal golpe del cielo.
Que la ira me permita odiar a los pájaros, prohibir los peces en mi garganta y dejar que los gatos exciten  mi oxitocina. .


sábado, 13 de mayo de 2017

Australian girls

Las chicas.
Cómo molan las chicas.
Las ves una noche después de meses y ellas siguen volando. Como vuelan las gaviotas antes de posarse en una señal de tráfico para peatones en un muelle de Australia.
Si eres gaviota y vives en Australia, sabes de lo que hablo. O vuelas o vuelas. No hay nada donde posarse alrededor de Australia. Isla a la deriva en un mar infernal.
Las chicas son como Australia. A la deriva, sin que nadie se entere de que allí el día empieza doce horas antes. Sin que nadie se entere de que vuelan, buscan, vuelan y encuentran. Sin que nadie se entere de nada de lo que ellas hacen por vivir.
A las chicas les pondría yo ahora una canción de Janis Joplin, una de esas canciones que nunca sonaría en Eurovisión ni se pondría Nadal en el vestuario antes de saltar a la final del Open de Madrid, que ya nunca veremos en vivo.
¡Qué coño, las chicas se merecen un Piece of myhHeart!

jueves, 11 de mayo de 2017

Repeticiones

Pues aquí estoy, después de tantos meses, para decir cosas, que tampoco tienen mucha importancia si tenemos en cuenta que Inglaterra se ha salido de la UE, que Trump preside los USA y que hace un par de días la palmaron ahogados 260 sirios mientras los guardacostas burlaban protocolos de  rescate.
Ni tan mal que sigamos vivos, me digo, y sigo leyendo el periódico.
En el mismo cuerpo de letra leo dónde comer las mejores croquetas de la península, cómo incrementar el ritmo cardíaco si fortalezco el suelo pélvico y en qué twitter puedo insultar a Piqué. Perpleja, pestañeo y vuelvo hacia  arriba. Ruleta del ratón subiendo y bajando por la pantalla. Doble click para averiguar si los 260 sirios ocupan el mismo espacio que Piqué. Comprobado, las croquetas y el gráfico de un útero ganan de calle en la información del día. ¿Y qué le digo a Piqué? ¿Tiene suelo pélvico? ¿Sabe hacer croquetas? Y lo que es peor. ¿Sabe hacer croquetas Piqué con el suelo pélvico? ¡Dios! Las preguntas se agolpan en mi cabeza y me confunden. ¿Qué tal es la pelvis de los ingleses? ¿Inglaterra está en Europa? ¿Qué tal se come en Inglaterra? ¿Hay croquetas en Inglaterra? ¿Y en Siria? ¿Queda algún sirio que esté haciendo ahora mismo croquetas en Siria?
Me mareo, cierro el ordenador  y me tumbo.
Luego vuelvo a lo cotidiano, a que hoy hay un par de estrellas que brillan más, a que mañana estrenan Alien por enésima vez, a que no sé montar el mueble que he comprado, a que, a veces, en Madrid, pasan cosas bonitas.
Me tumbo de nuevo, agotada y fascinada por el ejercicio humano de la repetición.
Me tumbo de nuevo.
Me tumbo de nuevo.


lunes, 10 de octubre de 2016

La soledad del árbitro

    En medio de este ruido de fondo no consigo escuchar el silencio.
     Estoy en la banda, calentando mis articulaciones, comprobando que mis ligamentos serán capaces de proteger mis huesos durante la carrera. Trato de concentrarme en el crujido de mis tobillos cuando hago movimientos circulares pero no escucho nada.
     Necesitaría, ahora más que nunca, el silencio. Apagar los walkies y las escuchas, bajar el volumen de las personas, de las noticias, de la música, de la risa, de la luna cuando crece, de las nubes, de las bombas de Alepo, de las urnas sin ranura, de los gritos, de las violaciones, de los rumores, de las hojas de los árboles, de los silbidos, de los aplausos en las veladas de boxeo, de las series de ficción, de la sangre a borbotones, de la velocidad de la luz y de los universos paralelos. No quiero móviles, ni periódicos del lunes, ni motores de neveras que suenan cuando no tienen cervezas que enfriar.
     Ahora debo buscar el silencio.
     Necesito saber qué hay en mi cabeza. Es hora de saltar al campo.

sábado, 3 de septiembre de 2016

Sin perdón

Algún día te contaré lo que me gusta que andes por mi vida. 
Danzando, como un yogui, de un lugar a otro del planeta.
Y de mi apartamento.
Algún día te contaré lo privilegiada que me siento de conocerte.
Brillando como una luz de led, tendido al sol como si el sol brillara 
Poniendo canciones en ordenadores que no suenan y que tú consigues que suenen como debería sonar la vida cuando la vida mola.
Tendré que ponerte nombre, pero algún día te contaré.
Uno, dos, tres, cuatro cinco, tú, seis.
Te contaré.

jueves, 26 de mayo de 2016

Lo que nuestros amigos hicieron por nuestros amantes

Se sabe, más o menos a ciencia cierta, que hace 66 millones de años hubo una extinción masiva. Una de las cinco extinciones masivas que se conocen hasta ahora.
Y no fue la más grave.
Se sabe también, más o menos a ciencia cierta, que en 2030 habrá una pequeña colonia humana en Marte.
Inmersos como estamos, según aseguran, en la Sexta Extinción, me parece lógico que hagamos caso a Stephen Hawkin y nos larguemos de aquí cuanto antes.
Marte parece un buen lugar, sobre todo desde que Ridley Scott hizo allí de Matt Damon un buen actor.
Y de películas voy.
Porque, aunque ando decidida a enviar mi curriculum a las nuevas colonias, sé que cada mañana me enredo en mi propia extinción y, sentada al borde de la cama, ansío brillar como Roy Batti. Esto es, mucho y breve.
Pero me voy del tema.
Ando preparando la maleta por si hay que salir del planeta y, ante la evidencia de que no iré allí como hembra reproductora, me armo un buen discurso de consejera experimentada.
Y dándole vueltas a mi primera intervención en tierras marcianas, entiendo que, mejor que hablar, es meterles un pen drive con los mejores momentos de mi vida. Eso que en Alta Fidelidad llamó Nick Hornby "los momentos principales".
No es noche para hacer memoria de mis diez momentos principales, pero estoy segura de que, aunque venda mi alma al diablo para vivir mil años más, jamás podré sacar del ranking el placer de saber que nuestros mejores amigos superan con creces el placer perdido de los amantes que no tuvimos.
Cantemos, entonces, a las hadas de los sueños, como si ya se estuvieran escribiendo las crónicas marcianas.

martes, 3 de mayo de 2016

No me gustan los submarinos franceses

Si yo tuviera que ser un submarino, desde luego, sería el Octubre Rojo, uno de esos barcos de la clase Typhoon, equipado con navegación silenciosa de propulsión magnetohidrodinámica y comandado por un traidor a la patria cargado de razones.
Si yo tuviera que ser un submarino cuya tecnología va a pasar a manos del enemigo, desde luego, ficharía a Sean Connery para ser ese traidor cargado de razones. Al fin y al cabo, si has perdido a tu chica víctima de un mal sistema sanitario, lo lógico es que quieras destruir ese sistema sanitario.
Pero, debo reconocer, a veces me tienta ser un U 96, uno de esos submarinos del tipo VII C que Alemania hizo grande de tanto cruzar el Estrecho, subir a Vigo y bajar de nuevo al Estrecho. Su tripulación,  joven y poco experimentada, era capaz, sin embargo, de asumir órdenes si el capitán era de fiar Lo que se llama un Das Boot en toda regla. El barco es bueno, la tripulación es buena, pero el capitán es mejor.
Es importante el asunto del capitán, porque, si vas en un submarino, te pueden pasar muchas cosas chungas: desde que se abra la escotilla equivocada hasta que no funcionen las contramedidas en caso de disparo de torpedo enemigo. Pero puedo decir que la peor de las pesadillas es que los alerones de proa se vayan al carajo en una inmersión de emergencia. Ni te hundes, ni te hunden, pero no te estabilizas ni de coña  y pasas un miedo del infierno. A 270 metros de profundidad, el casco se aplasta por la presión, el aire no fluye y el miedo es intenso, pero, a diferencia del Octubre Rojo, tienes a alguien para cagarte en su puta madre cuando llegas a puerto. Se llama capitán Henrich Lehmann-Willenbrock , que es el tío que te ha salvado la vida. 

Aunque sean los más bonitos, no me gustan los submarinos franceses.
Últimamente hacen tratos con gente que no es de fiar.