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jueves, 6 de octubre de 2022

Por qué sonríes cuando te juegas la vida


Van a tirar esa falta y ahí estás tú, bajo los palos. No sales en la foto, pero te veo valiente, con cierto gesto de aplomo en tu cara. No tengo ni idea de cómo son las caras de aplomo, pero la tuya podría formar parte de un manual de cómo interpretar miradas fijas, serias, serenas y circunspectas.
Sin embargo algo me despista en ti. Llevas media sonrisa puesta en la comisura izquierda y eso no es propio ni del aplomo ni de un día en que te juegas la eliminatoria y, por ende, el título. No viene a cuento que hoy te coloques una mueca de "melocomotodo". Sonríes detrás de esos hombres, segura de que vas a parar el  balón que se te viene encima. Tienes controladas todas las escuadras, no te da miedo un gol de volea, ni un libre indirecto, ni un tiquitaca de tres al cuarto. Te veo segura incluso cuando valoras que a ese delantero le puede salir una chilena de pura chiripa. Las chilenas, como tú bien sabes, son golpes que la vida te da a traición, da lo mismo que estés en Chile, en la Argentina o en Madrid.
El árbitro está terminando de colocar la barrera y el campo entero contiene la respiración. Todos los ojos se fijan en ti y tú no te quitas esa sonrisa que puede irritar al enemigo. Se escuchan palpitar mil corazones mientras te ajustas los guantes. Es el silencio propio de los muertos que quieren salir de sus tumbas y que te recorre el espinazo. Otro tópico, porque tampoco sabes muy bien dónde tienes el espinazo. Pero estás lista y deseas que suene el silbato de ese hombre vestido de negro. El silbato que lanzará el balón buscando tu portería. El balón que tratará de violar tu vida y terminar con tu sonrisa y tu carrera y entonces, cuando por fin suene, tú sabes que no tendrás que hacer nada. Nada en absoluto, porque ahí estarán tus amigos, formando barrera, protegiéndose unos a otros, protegiéndote, y el balón rebotará en sus cuerpos sin siquiera acercarse a tus manos.
Entonces, cuando no tengas que parar ese gol que parecía seguro, el estadio rugirá, como lo haría un camión por las curvas del Jarama. Rugirán todos a una, con una sola voz, espartana ella, que desafíará a los persas que busquen un camino por tus Termópilas. Y el rugido será mítico.
Luego, en el vestuario, me daré cuenta de que ya no tienes talón de Aquiles, ni cortarte el pelo te hará más débil que a Sansón. Porque ahí han estado tus amigos, todos, protegiendo tus partes blandas.
Por eso sonreías tanto, colega.
Y yo no lo veía.

jueves, 25 de octubre de 2012

Ándale

No viene a cuento contar de dónde vienes esta noche.
No traes souvenirs para tu gente.
Apenas pudiste fotografiar un sombrero mexicano para demostrar que estuviste allí.
Y ni siquiera sabes si el vuelo hizo un trayecto directo o si paró en San Petersburgo.
El tequila, a veces, se parece al vodka. No por su color o su sabor, sino por cómo olvidas el lugar desde el que vuelves.
Tú sabes de qué hablas.
Los aviones, como las ciudades que te acogen, son tan leves como las mariposas. Se aparean, crían gusanos en capullos, acontecen y, al final, vuelan mariposas.
Y acontece que el cielo por el que volaste te lleva de nuevo a Madrid, ese útero extraño que te protege y saca mariachis a la calle sólo porque un amigo (y su amigo) decide sacar mariachis a la calle.
En una noche más mojada que un arca que espera cumplir los caprichos de dios, tus amigos deciden ofrecer una fiesta a mayor gloria del tequila y la alegría. Brindamos todos  porque la crisis no nos inunde.
Y llamamos a la crisis Maricarmen, por aquello de quitarle hierro.
No nos afecta, no nos destruye, no nos aleja de México, el lugar en el que ahora, que llega la madrugada, querríamos estar, si este avión no hubiera parado en San Petersburgo.

martes, 28 de febrero de 2012

Marlon Brando también tiene amigos

El caso es que llegas una noche al control de realización y, en lugar de compañeros, aparece en  la mesa de catalogación una cesta llena de cervezas de importación, la fotografía Marlon Brando (cuando lo entrevistó Capote, por supuesto) y un póster de "Planeta prohibido", una de esas pelis de ciencia ficción de los 50 que, si la pones a los colegas, te hará parecer una freakie a ojos de quienes no te tienen cogida la medida.

Resumiré el párrafo anterior en tres palabras: cervezas, hombres y fantasía. 
No me va mal, pienso. La idea es de Ana, pero la secundan Lara, Héctor, Fer y Gloria. Son los que están hoy en control. Y creo que son mis amigos, así que añado la cuarta palabra sagrada de mi vida actual: amigos.

Tengo la ventana abierta. 
Es 29 de febrero y tengo todas las ventanas abiertas. A esta hora de la noche de este mes de invierno no es muy normal respirar el aire de una primavera adelantada. Este año, febrero, como nunca suele, es amable en su meteorología. Me da, sólo para mi, 19 grados al mediodía y diez de madrugada. Sabe que tengo que marcharme de las ventanas que dan al sur. Debe pensar que es mejor que me vaya con el mismo cuerpo con el que entré en esta casa: un cuerpo trece años más joven y un pene trece centímetros más satisfactorio.

Es una pena que tenga que largarme de aquí, porque ahora, justo ahora, a las orquídeas les da por florecer. Se han puesto de acuerdo las cinco a la vez para hacerlo. Pero tendré que irme, No puedo quedarme ni por las flores ni por los recuerdos. Tampoco por el sol que arranca desde el sur. Echaré de menos esta casa.
Me voy de casa, pero ahí afuera hay un hogar. Es tan grande que, como dice la publicidad del metro, tu oficina tiene ochenta metros, pero el mundo mide 51.000 hectáreas. 

Y mis amigos...
mis amigos ocupan el resto de los pueblos no habitados. Esta sensación es algo parecido a la fortuna de vivir. Es como ser Marlon Brando y pasar de Broadway a Hollywood. Y yo me voy de esta casa por mi  y por todos mis compañeros: 

¡COJO CUATRO! 

lunes, 8 de marzo de 2010

Noches de Stratocaster

Pasaron diciembre, enero y febrero. 31 días, 31 y 28 suman 90 noches y unos cuantos centenares de charlas con amigos en las barras de los bares. Los bares cierran pronto entre semana, así que tuve que tomar las riendas del desfase y abrí un after en mi casa de Chueca.
La decisión provocó que aparecieran más amigos. Salían de cualquier esquina del barrio. De la Fábrica, del Tony, del Mito, del Susan, de alguna pareja rota, de películas españolas de los ochenta, del teatro alternativo, de escenarios de salas musicales, de absurdos programas de televisión, de series de producción nacional, incluso vi salir a un par de las alcantarillas que hay junto al parking de Vázquez de Mella. A esos dos también les dejé entrar, cómo no, pero no se lo dije a nadie por si pensaban que me había convertido en Tyler Durden.
Tengo una teoría sobre la gente que sale de las alcantarillas: los fantasmas inesperados suelen ser los que más aportan en noches de politoxicomanía emocional.
Por supuesto, ahora no podría recordar los nombres de todos ellos. De algunos, ni sus caras. Otros, y no siempre los mejores, se quedaron a dormir, que a veces la gente se queda dormida en los after de confianza.
Hubo exaltación de la amistad, risas anchas y muchas bandas sonoras. La música es importante. Si te decides a abrir un after en casa no puedes ser descuidada con eso. Mejor es subirte a Sascha, la dj del último bar, y sentarla en youtube. Sascha es generosa, así que no hay problema con ella. Si no, siempre está Esteban, que en un par de horas edita en cd las versiones de un nuevo grupo, "Los Impedidos", con el que estuvimos a punto de publicar nuevo disco, pero que abortamos por falta de un agente con visión de futuro. Y porque por la mañana, cuando abrí los ojos, descubrí que las tres muletas que hay en el rincón del salón no eran guitarras eléctricas. Y eso que ya nos lo había dicho Fernando. Debería haberle hecho caso. Él sabe reconocer una Stratocaster cuando la ve.