lunes, 29 de octubre de 2012

Las matemáticas no mienten

Un hombre salta por la ventana minutos antes de que llegue la policía judicial. Hasta ahí, todo normal. Te van a desahuciar, pierdes los nervios y saltas. Parece lógico. Pero si el hombre hubiera esperado, sólo unos minutos, habría sabido que sus plegarias habían sido atendidas y que tenía un mes más para llorar por ellas y, por supuesto, para pensarse mejor lo del suicidio. Que si lo había decidido, que tranquilo, que nadie le cuestionaba, pero que ver su propio naufragio sin moverse del sofá de casa era, sin duda, una opción más cómoda y razonable.

Unas horas antes, al otro lado del Estrecho de Gibraltar, sesenta y ocho hombres y mujeres se lanzan al mar en una neumática en la que sólo caben diez. Llevan seis meses cruzando un continente, que es todo negro, blanco y verde, a pie. Un total de ciento ochenta días, de los cuales, aproximadamente, el diez por ciento, se utiliza para curarse los pies sobre los que se camina. Treinta y seis horas a la deriva después de un embarque imposible, sólo quedan dieciocho. Las cuentas salen: catorce cuerpos rescatados y, el resto, hasta cincuenta, comida para los peces.

Casi al mismo tiempo, desde un garaje oscuro de Kabul, unos tipos salen en coche con aspecto de darse un paseo. Veinte minutos después, hacen estallar una bomba en medio de una calle concurrida. Al día siguiente, entierran a cuarenta afganos en algún cementerio polvoriento.

La televisión va dando cuenta de los "sucesos" con una cadencia y un orden perfectos. Son cosas que suceden a  menudo. A mayor número de muertos por "suceso", menor número de directos.

Joder, tía, las matemáticas no mienten. Te salen noventa muertos y un hombre en estado crítico en sólo doce horas por negligencias del sistema. No está mal, piensas, si lo comparas con lo que fueron las invasiones bárbaras. Sabes que hubo tiempos peores.

Que el mundo mejora, está claro. Pero yo te pediría que, o calculas con exactitud el impulso y los kilómetros que te separan de esa luna llena del sur, o te des la vuelta y haces algo por lo que merezca la pena morir.










jueves, 25 de octubre de 2012

Ándale

No viene a cuento contar de dónde vienes esta noche.
No traes souvenirs para tu gente.
Apenas pudiste fotografiar un sombrero mexicano para demostrar que estuviste allí.
Y ni siquiera sabes si el vuelo hizo un trayecto directo o si paró en San Petersburgo.
El tequila, a veces, se parece al vodka. No por su color o su sabor, sino por cómo olvidas el lugar desde el que vuelves.
Tú sabes de qué hablas.
Los aviones, como las ciudades que te acogen, son tan leves como las mariposas. Se aparean, crían gusanos en capullos, acontecen y, al final, vuelan mariposas.
Y acontece que el cielo por el que volaste te lleva de nuevo a Madrid, ese útero extraño que te protege y saca mariachis a la calle sólo porque un amigo (y su amigo) decide sacar mariachis a la calle.
En una noche más mojada que un arca que espera cumplir los caprichos de dios, tus amigos deciden ofrecer una fiesta a mayor gloria del tequila y la alegría. Brindamos todos  porque la crisis no nos inunde.
Y llamamos a la crisis Maricarmen, por aquello de quitarle hierro.
No nos afecta, no nos destruye, no nos aleja de México, el lugar en el que ahora, que llega la madrugada, querríamos estar, si este avión no hubiera parado en San Petersburgo.

domingo, 21 de octubre de 2012

Hoy sólo quiero maullar

-Qué miras- te digo, pero tú no contestas.-Sabes hablar humano, no te hagas ahora el loco.
Enciendo un cigarrillo, por ver si te avienes a charlar un rato. Pero tú no eres de los que cambia de opinión sólo porque yo ande necesitada de un poco de conversación. Tú vas a lo tuyo.
- Vaya, estás de que no. Te entiendo. A veces, yo tampoco quiero maullar cuando estoy cerca de ti. Me gusta que tengamos nuestro espacio, aunque vivamos juntos.
- Gracias -dices, y vuelves a mirar por la ventana, como si ahí afuera hubiera algo realmente interesante-. De ti me gusta que me dejes tranquilo cuando quiero estar tranquilo.
Eso lo dices sin mirarme y sin vocalizar, como haces casi siempre que quieres estar tranquilo. Bendita indolencia gatuna.
Aburrida como estoy, busco con mis ojos lo que los tuyos observan en el pequeño horizonte de ciudad que podemos ver cuando no queremos salir de casa. Aparte de una mosca que morirá en breve si esa paloma no deja de mirarla pronto, no veo nada interesante. Pero es que yo tampoco tengo nada interesante que mirar ahora. Me quedo en silencio durante unos minutos, imaginando lo que tu cabeza imagina. Al rato, en el tercer pitillo de silencio, yo también miro a lo lejos, como si estuviera enferma de melancolía. Porque, para serte sincera, tienes una pinta de gato melancólico que me acongoja. No sé si quieres saltar o recuerdas cuando solías saltar y te largabas por los tejados. No sé si hago bien en ponerme en tu lugar y calzarme esos zapatos en los que, a veces, metes tu pequeña cabeza para dormir.
No tengo por costumbre dormir con los zapatos por almohada, pero te aseguro que quiero entenderte. Quiero que, cuando termine tu momento privado, respetes el mío. Ese que busco con renovada rebeldía cada vez que el amor pasa cerca. Porque yo también estaré sentada sobre mis cuartos traseros, mirando por la ventana cómo los pájaros cazan moscas, cuando vuelva a enamorarme y quiera recordar la libertad que perdí. O la que todavía no ha llegado. Eso que tú y yo llamamos melancolía del futuro.
-Tranquila -me dices-. Mañana no se me ocurrirá molestarte.
Luego ronroneas, y me parece que sonríes después de guiñarme un ojo.
Y eso que yo, como todo el mundo, sé que los gatos no saben guiñar los ojos.

martes, 16 de octubre de 2012

Habrá que encender el fuego

Un gato que se precie no deja nunca una botella de agua sin empujar con el hocico, sólo por el placer de ver cómo el agua se derrama. Puedes echarle la bronca mil veces, que él seguirá tirándola. Tú ya no te enfadas. Te limitas a levantarte, coger la fregona y deslizar el mocho por el suelo con aire distraído.
Así te crees que no le das importancia al asunto.
Tener un gato viviendo en casa enseña mucho. Por ejemplo, si el gato tiene ganas de dormir, no para de perseguirte hasta que te doblega en el sofá y logra apoyar su espalda en ese regazo tuyo que da tanto calor en posición embrionaria. Luego, cuando estás en el mejor de los sueños, te despierta, ronronea y no para hasta que la acaricias la cabeza. Tampoco importa si salta sobre tu comida, maúlla hasta el quejido porque quiere salir a la calle, o si decide volcar la maceta por quinta vez en el día. Sabes que el rosal no brotará, pero te importa un carajo.
Yo diría que, o tienes manga ancha o vivir con un gato te vuelve tolerante.
Equipara "tolerante" con "idiota" y te verás a ti misma. Verás al país entero convivir con gatos que se le suben a la chepa. Verás el mundo derrumbarse y tú pensarás que te enamoras sin moverte de la silla. Verás a la agencia Moody´s rebajarte la calificación como ciudadana. Ya no serás triple A en los próximos 10 años. Ni tú, ni la generación que te suceda. Verás, como dice Pedro, que ya no hay noticias como las conocimos, ni críticos que nos impulsen a pensar. Que tienen más importancia cuatro chinos que le roban al fisco unos millones que la huelga de educación; más valor un premio Nobel de la Paz a una Unión que ahoga, más que une, que un Nobel de Fisica a dos tipos que se dejan los ojos aislando un átomo que explique el universo cuántico. Y lo que es aún peor, tendrás la terrible duda de que en lo que llevamos de siglo todavía no hemos visto una obra maestra en el cine.

Normalmente, vivir con un gato te volverá indolente y, si dormitas en un mundo de idiotas, puede que no quieras levantarte del sillón. Pero también te otorgará el don de la curiosidad y comenzarás a empujar la botella con el pie, por ver el agua correr. En el tercer intento con éxito andarás aburrida y querrás saber más del agua y del cristal. Tu cerebro es más grande que el de un gato y pronto recordarás que el cristal muere siendo arena y el agua vapor. A tí, probablemente, la muerte te transforme en abono de rosal. Pero mientras llega ese momento preferirás ser Alicia antes que el hombre de hojalata. Entonces, cuando veas que un tipo se tira desde la estratosfera y que cien subsaharianos cruzar la verja de Melilla, te darás cuenta de que los héroes existen.
Luego, te levantarás del sofá que te mantiene inerte, te ajustarás bien el paracaídas y saltarás a la calle a luchar por lo que es tuyo.
Porque sabes que a este invierno, que se prevé seco y frío, le hará falta un buen fuego que te permita encontrar el camino de vuelta a casa.
Si es que la tienes.

sábado, 6 de octubre de 2012

Por qué sonríes cuando te juegas la vida


Van a tirar esa falta y ahí estás tú, bajo los palos. No sales en la foto, pero te veo valiente, con cierto gesto de aplomo en tu cara. No tengo ni idea de cómo son las caras de aplomo, pero la tuya podría formar parte de un manual de cómo interpretar miradas fijas, serias, serenas y circunspectas.
Sin embargo algo me despista en ti. Llevas media sonrisa puesta en la comisura izquierda y eso no es propio ni del aplomo ni de un día en que te juegas la eliminatoria y, por ende, el título. No viene a cuento que hoy te coloques una mueca de "melocomotodo". Sonríes detrás de esos hombres, segura de que vas a parar el  balón que se te viene encima. Tienes controladas todas las escuadras, no te da miedo un gol de volea, ni un libre indirecto, ni un tiquitaca de tres al cuarto. Te veo segura incluso cuando valoras que a ese delantero le puede salir una chilena de pura chiripa. Las chilenas, como tú bien sabes, son golpes que la vida te da a traición, da lo mismo que estés en Chile, en la Argentina o en Madrid.
El árbitro está terminando de colocar la barrera y el campo entero contiene la respiración. Todos los ojos se fijan en ti y tú no te quitas esa sonrisa que puede irritar al enemigo. Se escuchan palpitar mil corazones mientras te ajustas los guantes. Es el silencio propio de los muertos que quieren salir de sus tumbas y que te recorre el espinazo. Otro tópico, porque tampoco sabes muy bien dónde tienes el espinazo. Pero estás lista y deseas que suene el silbato de ese hombre vestido de negro. El silbato que lanzará el balón buscando tu portería. El balón que tratará de violar tu vida y terminar con tu sonrisa y tu carrera y entonces, cuando por fin suene, tú sabes que no tendrás que hacer nada. Nada en absoluto, porque ahí estarán tus amigos, formando barrera, protegiéndose unos a otros, protegiéndote, y el balón rebotará en sus cuerpos sin siquiera acercarse a tus manos.
Entonces, cuando no tengas que parar ese gol que parecía seguro, el estadio rugirá, como lo haría un camión por las curvas del Jarama. Rugirán todos a una, con una sola voz, espartana ella, que desafíará a los persas que busquen un camino por tus Termópilas. Y el rugido será mítico.
Luego, en el vestuario, me daré cuenta de que ya no tienes talón de Aquiles, ni cortarte el pelo te hará más débil que a Sansón. Porque ahí han estado tus amigos, todos, protegiendo tus partes blandas.
Por eso sonreías tanto, colega.
Y yo no lo veía.