viernes, 17 de febrero de 2012

De qué hablan las palomas cuando hablan de amor


Últimamente tengo alma de voyer. No soy James Stewart -desde luego no llevo la pierna escayolada- pero no puedo dejar de mirar por la ventana. Esta temporada me daría exactamente igual tener a mi lado al equivalente masculino de Grace Kelly. Incluso cuando viene la mismísima Grace Kelly a verme, no puedo dejar de mirar por la ventana. 

Hubo un tiempo en que la casa que hay frente a la mía estaba habitada. Eso sucedió cuando llegué a Madrid. Las noches de verano, bajo el intenso calor de agosto, me sentaba en el alféizar  con las piernas colgando y una lata de cerveza, y escuchaba las conversaciones que salían por las ventanas. Había un tipo en el tercero que cenaba siempre solo, a la misma hora, con una botella de vino; una pareja que jadeaba en búlgaro, en el cuarto,  y unos cuantos inmigrantes que bailaban salsa las noches de viernes y brindaban en árabe, en el segundo.

Con el tiempo llegué a saber que el maniático de la puntualidad recibía en casa grupos de amigos con los que perdía el sentido del tiempo por vía anal; que la pareja búlgara hablaba así porque a la chica le excitaban los idiomas extranjeros y que los árabes anacrónicos eran agentes de la Nacional infiltrados en un grupo terrorista. 

Recuerdo aquello porque hoy, frente a mi edificio, hay un andamio. Las vistas de Madrid son mejores, claro está. Puedo ver desde el Círculo hasta el reloj de la telefónica, pero los vecinos son de otro estilo hoy en día. Esta mañana, tomando un café, se han instalado, justo encima de donde vivían los búlgaros, un  par  de palomas. A mi, con las palomas, no me pasa lo que a Nicola Tesla, que pasaba horas eternas cuidando de ellas mientras pensaba en que la Teoría de la Relatividad se la patentaría un Einstein de pacotilla. (Lo cuenta Echenoz en "Relámpagos"). A mí, las palomas, me parecen el resultado de un buen plan de comunicación. ¿Cómo es posible que esos pájaros carroñeros sean el símbolo de la paz? 

Sin embargo, me quedo mirando. Por el oficio de mirar y escuchar. Porque no puedo evitar mirar por la ventana.

Me ha costado veinte disparos captar la imagen. Las palomas, nerviosas, bailaban foxtrot en el andamio.  Un baile rápido de pasitos rápidos. 
Parece que hablan. Escucho. Escucho. Escucho. Y resulta que las palomas también se cuentan historias de amor. Al menos eso deduzco cuando las veo comerse el pico.
Pero yo ya tengo experiencia en saber que la vida no es lo que parece. Y, sin embargo, no puedo dejar de mirar por la ventana.

A veces reconozco que sí, yo también podría ser James Stewart esta noche. 
No puedo dejar de mirar por la ventana. Es mi naturaleza.

2 comentarios:

toni prat dijo...

muy guai...pero me sobran referencias (evidencias claras de una muy alta "erudicción academicista")...

un vaso...

Meninthemoon dijo...

Dicen que para ver hay que saber mirar. Tú sabes. Y lo cuentas todavía mejor. Un placer, como siempre.