No viene a cuento contar de dónde vienes esta noche.
No traes souvenirs para tu gente.
Apenas pudiste fotografiar un sombrero mexicano para demostrar que estuviste allí.
Y ni siquiera sabes si el vuelo hizo un trayecto directo o si paró en San Petersburgo.
El tequila, a veces, se parece al vodka. No por su color o su sabor, sino por cómo olvidas el lugar desde el que vuelves.
Tú sabes de qué hablas.
Los aviones, como las ciudades que te acogen, son tan leves como las mariposas. Se aparean, crían gusanos en capullos, acontecen y, al final, vuelan mariposas.
Y acontece que el cielo por el que volaste te lleva de nuevo a Madrid, ese útero extraño que te protege y saca mariachis a la calle sólo porque un amigo (y su amigo) decide sacar mariachis a la calle.
En una noche más mojada que un arca que espera cumplir los caprichos de dios, tus amigos deciden ofrecer una fiesta a mayor gloria del tequila y la alegría. Brindamos todos porque la crisis no nos inunde.
Y llamamos a la crisis Maricarmen, por aquello de quitarle hierro.
No nos afecta, no nos destruye, no nos aleja de México, el lugar en el que ahora, que llega la madrugada, querríamos estar, si este avión no hubiera parado en San Petersburgo.
jueves, 25 de octubre de 2012
domingo, 21 de octubre de 2012
Hoy sólo quiero maullar
-Qué miras- te digo, pero tú no contestas.-Sabes hablar humano, no te hagas ahora el loco.
Enciendo un cigarrillo, por ver si te avienes a charlar un rato. Pero tú no eres de los que cambia de opinión sólo porque yo ande necesitada de un poco de conversación. Tú vas a lo tuyo.
- Vaya, estás de que no. Te entiendo. A veces, yo tampoco quiero maullar cuando estoy cerca de ti. Me gusta que tengamos nuestro espacio, aunque vivamos juntos.
- Gracias -dices, y vuelves a mirar por la ventana, como si ahí afuera hubiera algo realmente interesante-. De ti me gusta que me dejes tranquilo cuando quiero estar tranquilo.
Eso lo dices sin mirarme y sin vocalizar, como haces casi siempre que quieres estar tranquilo. Bendita indolencia gatuna.
Aburrida como estoy, busco con mis ojos lo que los tuyos observan en el pequeño horizonte de ciudad que podemos ver cuando no queremos salir de casa. Aparte de una mosca que morirá en breve si esa paloma no deja de mirarla pronto, no veo nada interesante. Pero es que yo tampoco tengo nada interesante que mirar ahora. Me quedo en silencio durante unos minutos, imaginando lo que tu cabeza imagina. Al rato, en el tercer pitillo de silencio, yo también miro a lo lejos, como si estuviera enferma de melancolía. Porque, para serte sincera, tienes una pinta de gato melancólico que me acongoja. No sé si quieres saltar o recuerdas cuando solías saltar y te largabas por los tejados. No sé si hago bien en ponerme en tu lugar y calzarme esos zapatos en los que, a veces, metes tu pequeña cabeza para dormir.
No tengo por costumbre dormir con los zapatos por almohada, pero te aseguro que quiero entenderte. Quiero que, cuando termine tu momento privado, respetes el mío. Ese que busco con renovada rebeldía cada vez que el amor pasa cerca. Porque yo también estaré sentada sobre mis cuartos traseros, mirando por la ventana cómo los pájaros cazan moscas, cuando vuelva a enamorarme y quiera recordar la libertad que perdí. O la que todavía no ha llegado. Eso que tú y yo llamamos melancolía del futuro.
-Tranquila -me dices-. Mañana no se me ocurrirá molestarte.
Luego ronroneas, y me parece que sonríes después de guiñarme un ojo.
Y eso que yo, como todo el mundo, sé que los gatos no saben guiñar los ojos.
Enciendo un cigarrillo, por ver si te avienes a charlar un rato. Pero tú no eres de los que cambia de opinión sólo porque yo ande necesitada de un poco de conversación. Tú vas a lo tuyo.
- Vaya, estás de que no. Te entiendo. A veces, yo tampoco quiero maullar cuando estoy cerca de ti. Me gusta que tengamos nuestro espacio, aunque vivamos juntos.
- Gracias -dices, y vuelves a mirar por la ventana, como si ahí afuera hubiera algo realmente interesante-. De ti me gusta que me dejes tranquilo cuando quiero estar tranquilo.
Eso lo dices sin mirarme y sin vocalizar, como haces casi siempre que quieres estar tranquilo. Bendita indolencia gatuna.
Aburrida como estoy, busco con mis ojos lo que los tuyos observan en el pequeño horizonte de ciudad que podemos ver cuando no queremos salir de casa. Aparte de una mosca que morirá en breve si esa paloma no deja de mirarla pronto, no veo nada interesante. Pero es que yo tampoco tengo nada interesante que mirar ahora. Me quedo en silencio durante unos minutos, imaginando lo que tu cabeza imagina. Al rato, en el tercer pitillo de silencio, yo también miro a lo lejos, como si estuviera enferma de melancolía. Porque, para serte sincera, tienes una pinta de gato melancólico que me acongoja. No sé si quieres saltar o recuerdas cuando solías saltar y te largabas por los tejados. No sé si hago bien en ponerme en tu lugar y calzarme esos zapatos en los que, a veces, metes tu pequeña cabeza para dormir.
No tengo por costumbre dormir con los zapatos por almohada, pero te aseguro que quiero entenderte. Quiero que, cuando termine tu momento privado, respetes el mío. Ese que busco con renovada rebeldía cada vez que el amor pasa cerca. Porque yo también estaré sentada sobre mis cuartos traseros, mirando por la ventana cómo los pájaros cazan moscas, cuando vuelva a enamorarme y quiera recordar la libertad que perdí. O la que todavía no ha llegado. Eso que tú y yo llamamos melancolía del futuro.
-Tranquila -me dices-. Mañana no se me ocurrirá molestarte.
Luego ronroneas, y me parece que sonríes después de guiñarme un ojo.
Y eso que yo, como todo el mundo, sé que los gatos no saben guiñar los ojos.
martes, 16 de octubre de 2012
Habrá que encender el fuego
Un gato que se precie no deja nunca una botella de agua sin empujar con el hocico, sólo por el placer de ver cómo el agua se derrama. Puedes echarle la bronca mil veces, que él seguirá tirándola. Tú ya no te enfadas. Te limitas a levantarte, coger la fregona y deslizar el mocho por el suelo con aire distraído.
Así te crees que no le das importancia al asunto.
Tener un gato viviendo en casa enseña mucho. Por ejemplo, si el gato tiene ganas de dormir, no para de perseguirte hasta que te doblega en el sofá y logra apoyar su espalda en ese regazo tuyo que da tanto calor en posición embrionaria. Luego, cuando estás en el mejor de los sueños, te despierta, ronronea y no para hasta que la acaricias la cabeza. Tampoco importa si salta sobre tu comida, maúlla hasta el quejido porque quiere salir a la calle, o si decide volcar la maceta por quinta vez en el día. Sabes que el rosal no brotará, pero te importa un carajo.
Yo diría que, o tienes manga ancha o vivir con un gato te vuelve tolerante.
Equipara "tolerante" con "idiota" y te verás a ti misma. Verás al país entero convivir con gatos que se le suben a la chepa. Verás el mundo derrumbarse y tú pensarás que te enamoras sin moverte de la silla. Verás a la agencia Moody´s rebajarte la calificación como ciudadana. Ya no serás triple A en los próximos 10 años. Ni tú, ni la generación que te suceda. Verás, como dice Pedro, que ya no hay noticias como las conocimos, ni críticos que nos impulsen a pensar. Que tienen más importancia cuatro chinos que le roban al fisco unos millones que la huelga de educación; más valor un premio Nobel de la Paz a una Unión que ahoga, más que une, que un Nobel de Fisica a dos tipos que se dejan los ojos aislando un átomo que explique el universo cuántico. Y lo que es aún peor, tendrás la terrible duda de que en lo que llevamos de siglo todavía no hemos visto una obra maestra en el cine.
Normalmente, vivir con un gato te volverá indolente y, si dormitas en un mundo de idiotas, puede que no quieras levantarte del sillón. Pero también te otorgará el don de la curiosidad y comenzarás a empujar la botella con el pie, por ver el agua correr. En el tercer intento con éxito andarás aburrida y querrás saber más del agua y del cristal. Tu cerebro es más grande que el de un gato y pronto recordarás que el cristal muere siendo arena y el agua vapor. A tí, probablemente, la muerte te transforme en abono de rosal. Pero mientras llega ese momento preferirás ser Alicia antes que el hombre de hojalata. Entonces, cuando veas que un tipo se tira desde la estratosfera y que cien subsaharianos cruzar la verja de Melilla, te darás cuenta de que los héroes existen.
Luego, te levantarás del sofá que te mantiene inerte, te ajustarás bien el paracaídas y saltarás a la calle a luchar por lo que es tuyo.
Porque sabes que a este invierno, que se prevé seco y frío, le hará falta un buen fuego que te permita encontrar el camino de vuelta a casa.
Si es que la tienes.
Así te crees que no le das importancia al asunto.
Tener un gato viviendo en casa enseña mucho. Por ejemplo, si el gato tiene ganas de dormir, no para de perseguirte hasta que te doblega en el sofá y logra apoyar su espalda en ese regazo tuyo que da tanto calor en posición embrionaria. Luego, cuando estás en el mejor de los sueños, te despierta, ronronea y no para hasta que la acaricias la cabeza. Tampoco importa si salta sobre tu comida, maúlla hasta el quejido porque quiere salir a la calle, o si decide volcar la maceta por quinta vez en el día. Sabes que el rosal no brotará, pero te importa un carajo.
Yo diría que, o tienes manga ancha o vivir con un gato te vuelve tolerante.
Equipara "tolerante" con "idiota" y te verás a ti misma. Verás al país entero convivir con gatos que se le suben a la chepa. Verás el mundo derrumbarse y tú pensarás que te enamoras sin moverte de la silla. Verás a la agencia Moody´s rebajarte la calificación como ciudadana. Ya no serás triple A en los próximos 10 años. Ni tú, ni la generación que te suceda. Verás, como dice Pedro, que ya no hay noticias como las conocimos, ni críticos que nos impulsen a pensar. Que tienen más importancia cuatro chinos que le roban al fisco unos millones que la huelga de educación; más valor un premio Nobel de la Paz a una Unión que ahoga, más que une, que un Nobel de Fisica a dos tipos que se dejan los ojos aislando un átomo que explique el universo cuántico. Y lo que es aún peor, tendrás la terrible duda de que en lo que llevamos de siglo todavía no hemos visto una obra maestra en el cine.
Normalmente, vivir con un gato te volverá indolente y, si dormitas en un mundo de idiotas, puede que no quieras levantarte del sillón. Pero también te otorgará el don de la curiosidad y comenzarás a empujar la botella con el pie, por ver el agua correr. En el tercer intento con éxito andarás aburrida y querrás saber más del agua y del cristal. Tu cerebro es más grande que el de un gato y pronto recordarás que el cristal muere siendo arena y el agua vapor. A tí, probablemente, la muerte te transforme en abono de rosal. Pero mientras llega ese momento preferirás ser Alicia antes que el hombre de hojalata. Entonces, cuando veas que un tipo se tira desde la estratosfera y que cien subsaharianos cruzar la verja de Melilla, te darás cuenta de que los héroes existen.
Luego, te levantarás del sofá que te mantiene inerte, te ajustarás bien el paracaídas y saltarás a la calle a luchar por lo que es tuyo.
Porque sabes que a este invierno, que se prevé seco y frío, le hará falta un buen fuego que te permita encontrar el camino de vuelta a casa.
Si es que la tienes.
lunes, 24 de septiembre de 2012
Cuando el viento sopla
Andas autista estos días, como el oso cavernario.
Cada otoño, por estas fechas, notas que el viento se apodera de ti.
Y, sin embargo, hoy te sientes como el árbol de la fotografía, al que querrías convertir en la vela mayor de un barco cualquiera que navega.
Pero te duele la columna vertebral, las muelas se han alzado en rebelión y los pies piden a gritos un baño de agua fría.
Será por resistirte al viento, piensas, y por apretar los dientes para defenderte del huracán, y por sentir los tobillos anclados en tierra del color del plomo.
Será por eso, te dices, como si tú fueras inocente.
Pero, si te dices la verdad, sabes que lo peor para la lumbalgia es dormir la siesta en un sofá de tres al cuarto; que a los dientes los destroza masticar demasiado fuerte la carne guisada de tu madre y que caminar durante horas subida a tacones de diez centímetros es fatal para los tobillos. Como si diez centímetros te fueran a dar una visión general de por dónde te da el aire.
Tardarás unos días en darte cuenta de tus errores, pero cada año, por estas fechas, al final te dejarás llevar por el viento.
Y volarás.
Por costumbre.
Y lo harás sola.
Por decisión propia.
viernes, 14 de septiembre de 2012
De monos que cuelgan de loros
Lo dice Drexler, en "Todo se transforma".
Será cierto, piensas, mientras escuchas, feliz, los ruidos de la noche, que aquí, al contrario que en el resto de la ciudad, son leves y suaves.
En este barrio no hay chinos a los que bajar a por una lata. De hecho, desde aquí no hay lugares a los que bajar. Sales por la puerta y ya estás en la calle, aunque la calle esté vacía y no parezca ni calle ni nada.
Pero aquí dentro ocurren cosas importantes. Puede ocurrir, sucede, que tus ojos vean cosas que antes no veían. Ves un loro que cuelga del techo de la madera del techo de una habitación que está lejos. Y de él cuelga un mono, que no sabe en qué momento se quedó colgando de un loro.
El mono se parece a ti. Tiene cara de bobo.
Y tú andas boba estos días. Como un mono colgado de un loro que se agarra al techo de madera de una habitación lejana desde la que se veía la Cruz del sur.
Por las noches veo muertos, ríes, al ver visiones que hace años que no veías.
Y te das cuenta de que aquellos años en los que diste tanto amor como para colgarte de un loro, vuelven ahora, a las puertas de este otoño, que se presenta caliente.
Darías lo que fuera por sentir lo que sentiste en aquella habitación de Ubatuba, pero sabes que nada se pierde. Así que estás tranquila. Sabes que todo vuelve cuando va primero.
Decides irte a dormir.
Mañana hay manifestación.
Será mejor que estés fresca para escuchar a la gente gritar.
Tú no gritas, pero la rabia te contagia.
Y estás convencida de que ese grito todo lo transforma.
lunes, 10 de septiembre de 2012
Estamos locos
Buscas canciones entre spotify y youtube que se hayan escrito para el momento que vives. Y resulta que todas se han escrito para lo que sientes. Saltas de Sabina a una ranchera y de ahí a Bobby Blue Bland. Pasas por Zenet de nuevo, que es tu banda sonora del verano, le haces un homenaje a Elvis, a Janis Joplin a Radio Futura y te llegas hasta Fito, en su concierto del 2011. Y ahí te quedas, sin saber muy bien si fue la pereza de seguir buscando o el deseo de un poco de directo, que hoy el día parece más bien una transmisión en diferido.
Distraída, colocas la cabeza que llevas bajo el brazo delante de la pantalla. Mejor teclear a dos manos, te dices. Dudas entre buscar trabajo o leer la prensa vespertina. Como tu cabeza piensa una cosa y tu cuerpo otra, decide el historial del navegador y saltan las páginas de los periódicos.
Los abres distraída, como si languidecieras en cada clic.
Nada te interesa hoy. Merkel se largó de Madrid muy contenta con Rajoy. Rajoy se quedó contento consigo mismo. La bolsa se puso contenta porque el BCE dijo que comprará deuda española. Todo el mundo parece contento, pues. Los mismos de siempre. Otro paso seguro hacia el desastre. Un verano de tedio, diría la gente.
Como dicen que la gente sabe lo que dice, te dices que estás equivocada, que este verano, que para ti está siendo el cielo, pues es un verano de mierda. Y se lo dices a todo el mundo, "vaya un verano de mierda". Es mejor disimular ante la gente, no vaya a ser que piensen que tienes una cuenta en Suiza, te han eximido de pagar impuestos y no irás a la cárcel por ello.
La gente habla también del calor de este verano. Como si el mundo se hubiera vuelto loco, dicen.
Pero tú hace tiempo que sabes lo loco que está el mundo. No tienes más que recordar que agosto empezó con un electricista que robó un códice que nadie entiende y terminó con una anciana que restauró a un dios con la carita devorada por el salitre. La anciana y el electricista se hicieron famosos. Como dios manda.
Y por el camino, se te quemó el país, te preguntaron si te gustaba viajar y el sexo y terminaron por mandarte a "tomar por el culo", que debe ser un lugar maravilloso, a juzgar por cómo sonríen mis amigos gays y los políticos que repitan la frase en el Congreso. ¿O dicen "que se jodan"? Lo mismo da.
Aquí no se puede abortar ni trabajar, te dices. En las taquillas de los cines recaudan impuestos en sesión doble, y en las peluquerías te cortan el pelo con la tijera en una mano y la pistola en otra. También han puesto seguridad en las puertas de los colegios, por si a algún homeless le da por asaltar a los niños al grito de el tupper o la vida.
Habrá que estar seria en este septiembre que ahoga al sol más rápido de lo que lo hizo agosto, pero no hoy. Habías quedado que hoy era noche privada para disfrutar de lo que vendrá. Tu cabeza te pide que vuelvas a tu spotify para seguir comprobando que todas las canciones de amor fueron escritas para ti. Y entre escuchas y recuerdos del futuro, te asalta la idea de hacerte un video porno. Por darle a él una alegría con tu cuerpo virtual. Pero cuando estás a punto de colocarte el móvil entre las piernas, te sale un youtube que te recuerda que todas podemos ser Olvido Hormigos. Así que cierras el ordenador, coges la cabeza que hay frente a la pantalla, te la pones sobre los hombros y te vas a la cama, no vaya a ser que termines en los tribunales sin tener siquiera una cuenta en Suiza.
Y antes de dormir crees que la vida no es vida como tal, sino que, como dice tu amiga Gemma, se parece mucho a una película de Berlanga.
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