domingo, 10 de marzo de 2013

Ruido de motor

Caminando hoy, de vuelta a casa, he visto al final de la calle al vecino del tercero. Suele andar de puntillas y tiene el tamaño inconfundible de los hombres altos que nacieron pequeños por error.
El hombre iba despacio, con cuidado, procurando poner un pie justo delante del otro, dejando espacios pequeños entre uno y otro zapato y con la cabeza agachada, como prestando mucha atención a la difícil tarea de caminar en linea recta.
A veces, cuando la gente se pone meticulosa en asuntos imposibles, tiene a cometer errores.
Al llegar al portal se ha detenido, utilizando para ello un suave balanceo de la espalda en la perfecta diagonal que describen cuello y talones.  Superada la ley de la gravedad, le he visto hurgar en sus bolsillos a dos manos, sacar las llaves, deshojarlas con los dedos y elegir el pétalo que le iba a llevar a la cama. Al girarse a la izquierda me ha parecido ver en él una leve sonrisa de satisfacción. No se ve mucho en esta calle a las cinco de la madrugada, pero ha emitido un gemido que sonaba a eureka y que le ha sobresaltado.
Perder la concentración en tareas difíciles puede traer consecuencias tales como girar a la izquierda en lugar de a la derecha, empuñar una llave como si fuera un rejón y tratar de acuchillar sin previo aviso la cerradura de un A-6 con alarma.
Se ha agarrado a mis brazos con la paz de un náufrago moribundo y ha dejado que, con un leve giro de sus caderas, condujera sus pasos hasta el ascensor y pulsara su piso. Luego, cuando he escuchado el portazo del tercero, he cerrado mi propia puerta despacio, muy despacio.
Una banda sonora adecuada y los dedos se ponen en marcha como patas de ratones desfilando en Hamelin. Hoy llevo en la cabeza música de motor de furgoneta trazando curvas por la sierra en una madrugada de nieblas, lluvia y un sol inapropiado poniéndose en la hondonada.

Los motores te tranquilizan.
A menudo utilizas su runrún para darle un ritmo adecuado al pensamiento.
Somos duendes, te dices.
Somos flautas.
Soltamos viento por agujeros que soplan notas.

viernes, 22 de febrero de 2013

Es tu naturaleza

A veces, cuando te sientes desubicada, te acomodas en la taza del váter para darte perspectiva y recobras el equilibrio. Tomas posesión del lugar en el que te encuentras: las paredes, la puerta del patio abierta para que salga el gato, los 300 apuntando con sus lanzas al corazón de  Persia y esas canciones de los Gómez que pinchas una y otra vez para que no se te olvide de dónde vienes.
Piensas en todo eso ahora que la casa está vacía a partir de tu punto de vista. De tus ojos en adelante no se ve a nadie. Digamos que estás sola, como cuando bebes cerveza frente al espejo, calibras los mordiscos que llevas en el cuerpo y sacas la conclusión de que la vida no te está yendo mal del todo.
Como si de ir bien o mal la vida se tratara.
La vida va de otra cosa. La vida va más bien de chicas de Transilvania que trabajan en un bar de O´Donnel, de amigos que no saben por dónde les da el aire, de otros amigos que tienen claro por dónde no debería soplar el viento que nos mueve, pero que no pueden decírnoslo porque tampoco tienen muy claro dónde puede estar nuestro Norte.

Y va de trabajos raros si tienes suerte; de ladrones que esquían en Vancouver y viajan en primera; de protestas callejeras bajo la lluvia helada de febrero; de universitarios que venden sus títulos universitarios por falta de uso; de debates absurdos entre políticos absurdos; de líderes religiosos que dimiten cuando algo huele a podrido en Dinamarca; de otros líderes que no dimiten ni cuando les pones una pistola en la cabeza.
Si valoran tan poco su vida, qué no harán con la tuya.

La vida va también de héroes sin piernas que matan a sus novias; de misiles Scud que siguen volando sobre y contra las vidas de otros; de competir contra el diablo que llevas dentro y perder;
de compañías aéreas que no te dejan volar sin la partida de nacimiento; de ayuntamientos que sacan la grúa municipal a pasear porque no llegan a fin de mes; de no llegar a fin de mes desde hace años; de falta de concentración; de drogas que no vienen a cuento porque no tienen nada que contar; de reencuentros y de gatos que entran en maletas que deberían llevar diez días cerradas, pero que aún siguen abiertas, por si acaso.

Antes, 10.000 años atrás, la vida parecía ir más bien de organizarse para cazar en grupo, superar el invierno y sanear los genes para concebir líderes de grupos organizador para cazar.
De pronto, alguien se puso a pintar en una roca cualquiera el perfil de un bisonte y la vida se convirtió en otra cosa. Gracias a los artistas la vida anda pensando, como tú ahora, si merecería la pena echar el curriculum en el Gran Hermano marciano que se estrena en 2023.
De momento, sin decisiones inmediatas a la vista, te pones a Macy Gray cantando aquello de Sexual Revolution. Porque, en el fondo, esa es tu naturaleza.


martes, 29 de enero de 2013

Que empiece el espectáculo

Aquí estoy.
Un día más.
Un pitillo, dos pitillos, tres pitillos.
Una bronquitis severa.
Y crónica.
Es lo que hay, Tengo las palmas abiertas y los labios cerrados. Tengo entre mis palmas tu cuerpo y entre mis labios tu cuerpo.
Tengo entre mi cuerpo tu cuerpo. O entre tu cuerpo el mío, que me confundo.
 De qué sirve, digo yo, y Gil de Biedma, cambiar de casa.
Escribes porque no quieres morir.
Eso dices.
Nadie quiere morir.
Ni tú ni yo.
Morir no está en nuestros planes. Que le den a la muerte.
Estás enfadada.
Y no te falta razón.
Pero lo cierto es que, cada amanecer, suena la música, enciendes un pitillo y empieza el espectáculo.

jueves, 10 de enero de 2013

Viñedos de California

Aunque desde la ventana de tu casa no se ven los viñedos de California, por las noches, cuando te asomas, ves desfilar árboles que pasan corriendo en busca de un lugar donde enterrar sus raíces y descansar. Te preguntas de qué huyen esos árboles.

Y si huyen.

Parece lógico que lo hagan. Un árbol que está cómodo no suele ir danzando de lado a a lado, sufriendo penurias, pasando hambre y, lo que es mucho peor para un árbol que se precie, sin pájaros que aniden en sus ramas. Así que deduces que se largan de arenas movedizas.


Desde la ventana de tu casa no se ven paisajes anchos, sino manadas de árboles de todos los tamaños corriendo en pos de algo que les impulsa a seguir caminando,  a correr, a saltar edificios imposibles y a herirse en cada zancada mal echada. Has visto olmos, secuoyas, álamos, olivos, cipreses, chopos y frutales de todos los sabores. Has visto helechos gigantes reptar calle a través como si fueran ciempiés. Cuanto más los ves correr, más te apetece saber a dónde se dirigen y ya no te importa saber de dónde vienen.

Asomas la cabeza y escuchas con atención cada noche que eres testigo del extraño fenómeno. Pero no tienes fortuna. Los árboles corren, pero no hablan. Los árboles corren, pero no escuchan. Los árboles desfilan como un ejército seguro de su destino y nada les aparta de él.

Si se han organizado para matar o morir, lo desconoces. O tal vez vayan a morir viviendo, que es lo que ocurre cuando se busca un lugar mejor, aunque se trate de árboles inofensivos que pasan por los sueños de tu cabeza cada noche que tu alma se asoma a esta ventana que no es la tuya, pero que se abre como una pantalla animada al interior de tus deseos más íntimos.

Ser un árbol y salir corriendo de aquí hacia California para tener un buen día.

lunes, 31 de diciembre de 2012

A veces, a veces ocurre

A veces te miras en la pared de casa y te reconoces colgada de ella. Cuelgas del cuello, o de la tráquea, que nunca se sabe. Pero no te sientes ahorcada.
A veces intentas dormir y las imágenes que hay en el gotelé te recuerdan que alguna vez el gotelé fue la moda de las casas modernas. Eso fue después de aquel incendio que arrasó toda la casa, excepto tu habitación. Por eso sigue colgando de ella, de tu habitación, que se salvó, una imagen que te recuerda quién eres.
Y hoy, que no tienes mucho tiempo, porque hay gente en tu salón a la espera de que suenen las campanadas de Sol, hoy te sientes tan feliz que esa sonrisa, que se empeña en sonreírte cada vez que te acuestas, es la misma sonrisa que te produce toda esta gente que está en tu salón.
Esta gente es con la que quieres morir, si es que hay que morir. De momento, vivís todos esta última noche de este último año que os ha tocado vivir.
¿Sabría el payaso que esa sonrisa suya del 72 sería la misma que llevarías hoy puesta al final del 12?
A veces, cuando menos te lo esperas, recuerdas quién eres.


viernes, 7 de diciembre de 2012

Camino a casa

Cuando estás a punto de llegar a casa los semáforos tienden a ponerse en rojo. El fenómeno carece de explicación científica, pero parece una ley universal si consideras la cantidad de semáforos en rojo que se han cruzado en tu camino antes de llegar a casa: diez de diez.
También han intentado cruzarse en tu camino coches de todas las marcas posibles: coches de gran cilindrada, coches de importación, coches de fabricación nacional, coches que no son coches pero lo parecen; coches vacíos que circulan sin conductor, y coches llenos de coches de juguete que llevan los niños que sueñan con llegar a casa, después de un día de compras, con padres que saben conducir coches, pero no sus vidas.
Sales del Son con la intención de llegar a casa en un coche al que no le convienen los atascos, porque no lleva aceite. A ti tampoco te convienen los atascos. Has llegado a la ciudad con el jet lag propio de los viajes largos y no sabes si es de día o de noche, por más que se empeñe la oscuridad en recordarte que el sol se puso hace un buen rato. 
Vienes de Australia y te encuentras con que las calles andan ya vestidas de luces de colores. 
Te pones tan contenta al verlas que pareces, tú también, una calle iluminada. 
Pero tienes frío. No llevas la ropa adecuada para un mes de diciembre frío como el infierno. 
Y ni siquiera ha llegado el invierno. 
Camino a casa piensas en coches, en luces de navidad y en cómo sacar el equipaje del maletero lo antes posible para no congelarte las manos. Hoy no piensas en hombres que te ayuden a descargar los bultos. O tal vez piensas en todos los hombres a los que amaste y eso te da fuerzas para sacar las maletas. 
Pero hoy no te apetece un carajo amar.

No te convienen los atascos, tía, eso lo tengo claro. Te da por volverte salvaje cuando hay atascos. Te da también por aparcar en doble fila si no hay sitio al llegar a casa; te da por abrir la puerta, abrazar al gato y dejarle que se escape escaleras arriba (porque sabes que todo el mundo tiene derecho a su vida privada); te da por abrir una lata, liarte un cigarrillo de esos y pensar en los lugares por los que has echado el cuerpo a lo largo de tu vida; te da por quitarte la ropa. Toda la ropa. Y por dejarte caer como un reloj de Dalí por los sofás; y por quererte un rato, que para eso dejé los montes y me vine al mar

lunes, 12 de noviembre de 2012

Una retahíla de ti

Cada día me parezco más a ti. No me doy cuenta durante el día, pero cuando llega la noche y me quedo sola -esos escasos días en los que me quedo sola-, me miro en la pantalla del ordenador y me veo igual que tú.
Idéntica.
Me pregunto por qué nos parecemos tanto. Por qué, en secreto, pienso con tus palabras, hago tus gestos y todo me importa un carajo.
Me parezco a ti en privado y no sé si eso me gusta.
Soy de las que prefiere pensar que conmigo rompieron el molde.
Y sin embargo, cuando llegan estas noches en las que el otoño no es más que una retahíla de hojas que caen al suelo, se me ocurre que no está mal haberte conocido cuando tenías pecas en la cara, ahora, que se te están borrando de tanto proyectarte en la pantalla.
Y me pregunto qué habrá sido de ti. Por dónde andarás ahora que en el norte sopla el frío y en el sur no. No sé si sigues yendo a tu bola, como solías, porque las fotografías que llegan de ti no son de fiar. Cualquiera las puede interpretar y acertará.
Cada día me parezco más a ti y, lo curioso del caso, es que tú solo sabes de quién hablo