martes, 3 de septiembre de 2013

Madrugadas del ángel caído

Catorce minutos han pasado ya desde que es mañana. Has llegado a casa por una calle vacía, sin bares, flanqueada por árboles a la derecha y trastiendas de hospitales a la izquierda. Una calle con tantas sombras que podría esconder una convención mundial de asesinos en serie acechando a su víctima.
¡Cómo si hoy fuera posible que existieran los asesinos en serie!
Los asesinos en serie han desaparecido.
A cambio, en la acera de la derecha ves el pabellón de "Maternidad;" en el de la izquierda pone "Duelos"
La gente fuma igual cuando nacen niños que cuando muere la gente.

En España nunca hubo asesinos en serie, desde luego. Un par de portadas del siglo XX que pudieron confundir a los investigadores, pero poco más. Aquí, cuando se mata, se mata de una vez. Con dos cojones. Nada de muertes jeroglíficas para demostrarle a Feud que me cago en mi puto padre. Aquí se mata a las mujeres porque "era mía" y a los traficantes porque "no había".

Cuando hablas de asesinos en serie te refieres a que ya no tienes miedo (tal vez nunca lo tuviste) a caminar por calles casi oscuras, iluminadas con focos que trampean las sombras y las vuelven espectros. Calles que, en su languidez, se desploman sobre un suelo lánguido, también, que las devuelve al cielo. (Se nota que ayer fuiste a ver a Dalí un par de horas antes de que cerraran).
Es imposible que haya asesinos en serie escondidos en esos oscuros rincones que te llevan a casa.  Hace tiempo ya que dejaste el oficio de matar y nadie se acerca a tu ventana para cambiarte un 22  por una 48.
Nadie lleva una Colt en la cintura.
Quién podría, en los tiempos que corren.

Y confieso que me gustaría.
Confieso también que si el mundo sigue así, mis alas se empaparán de agua.
Y yo fumo demasiado como para sobrevivir mucho tiempo con las alas mojadas.

martes, 20 de agosto de 2013

El raro y lánguido verano

¡Buf!  ¿Por dónde empiezas después de dos meses?
El coche no sirve para viajar porque no pasas la ITV; la casa se vuelve hostil porque ya no soporta el calor que alberga; los  gatos que no elegiste se pelean a muerte sobre el parqué y tu cabeza.

No se soportan, ni te soportan.

Los amigos te llaman -lógico-porque te quieren cuidar. Te llevan a piscinas de ensueño  para que pienses que la vida no va tan mal. Te invitan a cañas que no puedes pagar en honor de algún lejano favor que ya ni recuerdas. Te proporcionan hombres de todas las nacionalidades posibles para que te admiren. Te quieren, de eso no hay duda,  y te proyectan espejismos que, mientras duran, crees a pies juntillas. Como crees que, si miras al noroeste, verás las Perseidas rasgar el cielo con dientes de tiza.

Está siendo un verano tan raro, tan largo y tan lánguido que no sabes por dónde te da el aire que hoy no sopla en Madrid.

En Madrid no sopla nada últimamente.

Y no sabes si "tal vez será su voz o tal vez será tu alcohol".

lunes, 17 de junio de 2013

El ruido y la furia


Consumes tanta cerveza como aceite tu coche. Más o menos, dos litros a la semana. Pero eso depende del día. Hay veces que más. 
Los rodamientos del coche hacen tanto ruido como tus rodillas. Y sabes que no es artrosis,  sino bailes de puntillas al amanecer. Si un coche no te aguanta una noche de fiesta, es mejor que lo des por perdido.
Abandonas el coche, te quitas los tacones y te calzas un casco en la cabeza. El casco es negro, por supuesto. Luego levantas la pierna derecha, ajustas bien el culo en el asiento y empujas con el talón izquierdo hacia atrás el cabestrillo en el que apoya la rueda trasera después de darle al contacto. 
La moto arranca, metes la primera velocidad con la mano izquierda y con la derecha aceleras. 
No era tan difícil, te dices. 
Hay veces que el ruido tiene que superar a la furia

viernes, 7 de junio de 2013

Dos cabalgan juntos

No son horas de escribir un post. Al menos no son tus horas habituales. Pero tampoco es hora de abrir una lata y sentarte a pensar en qué vas a hacer con lo que queda del día. Deberías irte a dormir, te dices, pero malditas las ganas de perderte de nuevo el sol. La gente, a estas horas, entra en las cafeterías, pide una tostada con aceite y se castiga por pensar que ojalá no tuviera que ir a trabajar. Con la que está cayendo.

Un cortado, en vaso, largo de café y con leche fría. La ciudad  se llena de voces que piden cafés imposibles de memorizar, porras, pinchos de tortilla y algún que otro carajillo de whisky. La ciudad se vuelve loca entre pitos y tertulias radiofónicas que suenan a flautas y cada conductor pilota en su propio Hamelin.
Tú pilotas en el carril bus, un motorista justiciero para junto a tu ventanilla y te dice que ese carril no es el tuyo, que no deberías conducir por ahí. Te lo dice a gritos en hora punta.
Lo sé, le contestas. Y con vocalizar los monosílabos te entiende. Total, él va con casco y tú con la música a todo lo que da. ¿Te apetecería partirle la cara? No lo creo, no es tu estilo. Además están pinchando en Radio 3 el jardín botánico y tienes un máster en oportunidades perdidas.
El autobús arranca y él sigue con su monólogo. Momento perfecto para colarte delante.

No son horas de escribir un post ni de lamentarte sobre si perdiste la furia. Te queda el ruido de una ciudad que no se compadece de tus dedos, doloridos tras doce horas de tecleo infernal.
Todo es ruido hoy. O ayer, que no sabes en qué día vives porque ya no distingues si amanece, que no es poco, o no.
Amanece. Y tienes que dormir. Ya sé que no son horas, pero es mejor que ver en casa dos gatos que cabalgan juntos.

No, desde luego no son horas de escribir un post.

jueves, 25 de abril de 2013

Memorias del ángel caído

Llevas un par de días preguntándote qué estabas haciendo en 2008. Harta de tanta incertidumbre y víctima de tu memoria de pez del jurásico, te has sentado a buscar en Google qué demonios pasó en 2008. Por situarte históricamente. Sabes que recuerdas mejor la capital de Corea del Norte que el nombre de ese tipo que amanece en tu cama.
Al sentarte en el ordenador, en esa mesa que lleva dos meses sin oler un trapo del polvo, se te ha caído el pasaporte caducado al suelo y has caído, tu también, en la cuenta de que en 2008 andabas muy lejos de aquí. En 2008 tenías el sueño de Brasil metido entre las piernas y Estados Unidos se follaba  a todo lo que se moviera si llevaba turbante y barba.

Y es que entonces no pasaban las cosas de ahora: no tenías pruebas de que los bancos robaban a más gente, aparte de a ti; no veías por televisión a duques yendo a declarar; el papel de rey se cotizaba entre la clase media y tus amigos trapicheaban con pisos sin cortar.
Ni imaginar siquiera que en el entreacto de estos cinco años te hicieran creer que el cambio climático era de tal magnitud que los países árabes tenían por fin su primavera.
Obvias lo del presidente negro y el Papa argentino. No lo hubieras comprado en un monólogo barato de Gran Vía por muy fumada que estuvieras. Y lo que es peor, ¿habría ganado España un mundial de fútbol? ¿Pensabas que la policía de Boston peinaría Cambridge para pillar a un tarado de 19 años escondido en una barca con una cámara térmica? ¿Perderían el Barca y el Madrid por goleada los partidos de ida de las semifinales con los alemanes? ¿Se te llevaría el coche la grúa en un intervalos de tres días de la puerta de tu casa?
Y qué me dices de los seis millones de parados.
¿Te lo imaginabas?
No.
Y eso que siempre has hecho alarde de imaginación.

Yo creo que tu problema ha sido siempre la imaginación. Exacerbada, por supuesto, pero nunca centrada en nada. Y eso es precisamente lo que me preocupa.
Tienes que escribirme.
Deberías olvidarte de sobrevivir a tu época estos días.
Deberías contar algo más cercano.
Contar, por ejemplo, cómo se baja al Son con cinco días con el piloto de  reserva de la gasolina encendido en el coche. Cómo se logra mantener encendido un ordenador malogrado por los virus. Cómo meterle a la casera 27 pavos de la factura del agua en el buzón. Cómo te levantas por las mañanas o te acostarás esta noche. Cómo te quitas la ropa para mirarte y cómo te la quitan para sentirte. Cómo recurres a los amigos cuando te ahogas. Cómo soportarte cuando subes al tejado y te comes el mundo. Cómo aguantar que estés en mitad de la vida y todavía no sepas qué quieres ser de mayor.

Y sí.
Se te fue de las manos. Te crecieron alas y no supiste qué hacer con ellas.
Levántate y vuela, colega.

jueves, 4 de abril de 2013

Ójala

Duermes.
O eso parece.
Duermes.
Y eso parece.
Duermes.
O no.
Estás despierta.
Y feliz.
Y dormida.
Feliz y perdida entre sábanas que no son tuyas.
Duerme.
Que te tenga cuidado el amor.
Que te tenga cuidado el amor.
Que te tenga cuidado su amor.
Para verle tanto, para verle siempre.
Como él te mira.
La más bonita entre sus dedos.

sábado, 16 de marzo de 2013

Las carreras, a las siete

Caminas por el lateral de Tirso, tropiezas, sonríes y te giras a la izquierda para comprobar que nadie te ha visto. Te quedas tranquila, sobre todo porque ese agujero de la media se ve demasiado si la falda se desplaza un centímetro sobre la vertical.
Nadie por delante.
Nadie por detrás.
Sacas las manos de los bolsillos y griras la media unos treinta grados hacia el oeste. ¡Joder!, te dices, mañana tienes que recordar ponértelas del revés. Haces memoria por si queda otra alternativa y puedes afirmar que esta era tu última media medio sana.
La uña rota te da igual, el dolor de caderas te la trae al pairo, la multa en el retrovisor te tiene acostumbrada.
En definitiva, el ayuntamiento queda a la derecha y tu alma a la izquierda.
Si esas son las conclusiones que has sacado del día, será mejor que te sientes a ver las carreras.

Y te ríes a carcajadas cuando coges el chiste.