Paso un día para no olvidar nunca con amigos de los buenos. De esos que me dan todo lo que tienen aunque no tengan nada. Y por los que pondría una bomba en la estatua de Quevedo para erigir otra en sus nombres mientras me como una hamburguesa en el Vip´s de Eloy Gonzalo a cinco de la tarde. Amigos por los que una buena mujer iría al infierno sin pensarlo dos veces.
Yo no soy una buena mujer, así que no pienso: iré al infierno de todos modos. Me alegra darme cuenta de ello cuando aparco en la puerta de casa y mi coche ajusta su culo rojo contra el moro plateado del auto aburrido de uno de esos jubilados que sólo conduce en domingo. El tipo hace el sabath de lunes a sábado.
Hoy es lunes.
Abro la puerta y lo hago con ese cansancio propio de los días intensos. Apenas me quedan músculos en el brazo para girar la llave, ni talón de Aquiles que empuje la puerta en el quicio inferior derecho. Las rodillas me tiemblan de tanto como me han estado sosteniendo en posturas imposibles. Ni siquiera me importa fumar tabaco de liar. Hoy no es noche para la ansiedad. Es una noche perfecta, revestida de un verano perfecto y caluroso, con temperaturas adecuadas a la estación que vivimos.
Cuando dejo las llaves sobre la mesa salgo al patio, miro al cielo y respiro hondo. La brisa hace soportable la canícula. Luego me dejo caer en la silla del ordenador. El PC arranca rápido, a pesar de no ser Mac; la conexión a internet no parpadea; las cosas van bien aquí dentro. Pienso que tendré que marcar la fecha en el calendario por si algún día no recuerdo lo que es la felicidad.
Abro spotify para escuchar Estela, de Tony Zenet. La canción, descubierta en el ipad de otro amigo por el que condenarme al fuego eterno, se está convirtiendo en banda sonora del verano. Y es entonces cuando una alerta de google me informa de que el fondo monetario internacional dice que Japón y España amenazan la economía mundial. Nipones y Vividores no tocamos techo en nuestra prima de riesgo, aseguran los banqueros.
La noticia me deja noqueada. Mis ojos, que no han dejado de sonreír durante las últimas veinticuatro horas, abandonan su rasgada pose asiática y adoptan la crispada atención de un héroe de manga antes de concentrar toda su fuerza en manejar un superpoder. Vengo de conocer una versión del "Rien de rien" en malagueño y me encuentro con que soy escoria económica. Yo, que antes que villana, quería que el mundo fuera bonito.
Dudo entre lanzar un rayo láser con los ojos que destruya el tablero informativo o parar el tiempo para cambiar algunas piezas y hacerle trampas a la realidad. Pero puesta a pedir superpoderes ho me siento más de Marvel. Los diálogos son mejores. Y pienso en Batman: millonario, el coche más rápido en su garaje y las mejores mujeres de Gotham en su cama. No estaría mal salir a volar esta noche, pero lo descarto. Demasiada depresión a bordo de ese bólido.
Iron Man, otro de mis favoritos, está en su mejor momento. Otro rico que se fabrica un traje indestructible. Pero peca de exceso de testosterona, como Capitán América de ingenuidad.
Hulk anda hecho polvo. Su marrón no es perder el control y ponerse hecho una furia, sino quedarse en ropa interior cada vez que se enfada.
Descartada la saga Marvel, me quedo sin ideas para salvar el mundo y salgo al patio. Enciendo las velas, fumo, miro las estrellas, fumo, abro una lata, fumo y compruebo en la pared que mi sombra es más grande que yo. Yo estoy quieta y ella tiembla al son de las llamitas prendidas. Ahora se levanta, la veo caminar hasta el baño y atravesar el cuerpo del gato sin que el gato se inmute. Estoy a punto de pedirle que, ya que está de pie, me traiga otra lata de la nevera, pero me corto cuando veo que la sombra del gato la sigue y la oigo hurgar en el neceser. Hace tiempo que no tengo autoridad sobre mi sombra. Cierro los ojos Ya volverá. Siempre vuelve.
Y vuelve. Sin hacer ruido se acomoda de nuevo en la pared. Es la misma, pero ahora lleva dos trenzas tejidas en el pelo y la sombra del gato apoyada en su hombro. La miro con cara de de qué vas y ella se ríe.
- De Pipi Calzaslargas- me dice-. ¿O es que te habías olvidado de ella?
- Pero Pipi no me vale -contesto-. No tiene superpoderes.
- Una bolsa de monedas que no se acaba, toda la independencia del mundo y amigos por los que iría al infierno. A mí eso me suena a superpoderes.
No discuto. Con ella no se puede. Siempre me desarma. Me voy a la cama, pero antes paso por el espejo, me peino dos trenzas y no apago las velas.
Ella en su pared, yo en mi colchón. Las dos pensando que tal vez podamos salvar el mundo con amigos por los que vender el alma al diablo.
No sé quién se duerme primero.
Pero sé que las dos soñamos.
lunes, 23 de julio de 2012
jueves, 12 de julio de 2012
21 centímetros
Salgo del Son y conduzco a casa como me gusta conducir. El motor revolucionado, suaves cambios de carril, anticipación al comportamiento del otro, semáforos en ámbar, ruedas que se deslizan sobre un asfalto húmedo de tan negro. Embrago, acelero, evito el freno. Embrago, acelero, evito el freno. Rodeo mi barrio de siempre para ver de cerca la estatua de Colón. Cibeles me pilla en rojo y me quedo mirando a la diosa, que gobierna su cuádriga de leones con mano de piedra. Si llevara una cámara le haría una foto. Me guardo en la retina su imagen indiferente, que conduce hacia el paraíso sin que ella sepa, por sus cuencas vacías, que el paraíso está en Gran Vía con Alcalá.
La luz se vuelve verde y la puerta de Alcalá me salva de convertirme en estatua de sal. Sigo acelerando. Bajo las ventanillas para oler ese Retiro que cada noche emana perfumes de flores. Las flores que mejor huelen son las que están a punto de morir, pienso, y a punto estoy de girar el volante para entrar a repostar en el Jardín Botánico.
Ya no me queda mucho de flor, y no tengo ganas de estar muerta sin dejar atrás un buen olor, así que continúo por O´Donnel. Hoy no quiero tomar el túnel. Te obliga a ir a cincuenta y ni siquiera huele a gasolina. Sólo a CO2 mal ventilado.
Corren malos tiempos, pero la noche de hoy se merece conducir hasta casa con la mirada atenta. Tan atenta que paso de largo el desvío a la derecha para Mateo López. El despisste me hace pensar que tal vez hoy no quiera girar a la derecha, porque ya giró todo bastante, me digo, y sigo recto. Cuando Radio 3 me regala una de Johnny Cash me doy cuenta de que si la música sonara toda la noche podría llegar hasta Valencia. Acelero, embrago para meter sexta y acelero de nuevo. Ya estamos aquí de nuevo. Yo y mi caballo. Johnny canta "When a man comes arround" y comienzo a sonreír de verdad. Por primera vez en todo el día la sonrisa es limpia y las ruedas giran sin más ruido que el del rozamiento sobre algo parecido al cielo. Me siento fuerte. A lo lejos veo un cartel que dice que la velocidad en ese tramo está controlada por radar. Sé de buena fuente que solo funciona el 30 por ciento de los radares que anuncia la DGT -cosas de la crisis- y acelero para desafiarlo. Hoy es día de correr riesgos. Cuando la foto no se dispara a mi paso me siento tan eufórica como si hubiera invertido mi fortuna en bonos del Estado y el Estado pudiera pagarme. Y pensando en imposibles sigo acelerando en busca de un cambio de sentido que esté a la izquierda. Sé que no hay ninguno antes de Arganda y la luz de la reserva ha comenzado a parpadear. Debería volver. Los avisos que emite la visa desde el bolso me persuaden de que tal vez sería mejor un poco de cordura y dar la vuelta, pero no soy de esas que se dejan convencer a la primera de cambio. Me siento atrevida y empiezo a pensar que hoy es mi noche de suerte cuando la radio me regala aquel "Bye bye life" del All that jazz de Bob Fosse y encuentro un giro a la izquierda que el coche, que ya me conoce, no puede evitar tomar. Sincronizo las revoluciones del motor con la duración de la canción. Sé de sobre que dura 10 minutos y calculo que estaré a 25 kilómetros de casa. Quiero abrir el portal cuando suene la última frase de la canción, esa que dice I think i´m gonna die. Y si el depósito de gasolina me abandona, la visa continúa con su insoportable quejido y el radar de vuelta se dispara a mi paso, no me importará un carajo. Pararé el motor, encenderé el último cigarrillo y pensaré, mientras me acomodo en el asiento trasero para dormir, que sigue siendo mi noche de suerte. A mi sólo me separan 21 centímetros de la felicidad. Y les aseguro que no todo el mundo puede decir lo mismo. Si hoy fuera mi última noche sobre la tierra y dado mi estado de ánimo, sé que Jessica Lange me esperaría al final del camino, vestida de blanco y sonriendo.
miércoles, 11 de julio de 2012
Día de me olvido de ti, pais.
Día de fuegos artificiales. Día de orgasmos múltiples. Día de recuérdame y no me olvides. Día de rancheras. Día de amigos. Día de si no eres mi amigo espero que lo seas pronto. Día de me sube la libido al recordarte. Día de te seguiré esperando en la voz de Chavela y en el alma de Chavela.
Día de subir tres puntos el IVA, de cobrar el cincuenta por ciento del paro a los seis meses de estar parado, para fomentar que la gente mueva el culo y encuentre trabajo. Como si la gente quisiera estar sin trabajo.
Día de políticos miserables, día de estafadores, de discursos levemente históricos. Día de mentes deformes. Día sin rebelión. Día de me olvido de ti, país. Día de saber que solo yo te quise.
Día de masturbarte pensando en el sexo como idea luminosa en tiempos oscuros. Día de cambio amistad por sexo. Y sexo por amistad, Y probablemente estoy pidiendo demasiado. O dando demasiado. Que se me olvidó otra vez que nunca me quisiste, pais.
Día de pensar en qué conservaremos cuando dejemos de ser perros y volvamos a ser humanos en la ciudad de siempre.
Día de subir tres puntos el IVA, de cobrar el cincuenta por ciento del paro a los seis meses de estar parado, para fomentar que la gente mueva el culo y encuentre trabajo. Como si la gente quisiera estar sin trabajo.
Día de políticos miserables, día de estafadores, de discursos levemente históricos. Día de mentes deformes. Día sin rebelión. Día de me olvido de ti, país. Día de saber que solo yo te quise.
Día de masturbarte pensando en el sexo como idea luminosa en tiempos oscuros. Día de cambio amistad por sexo. Y sexo por amistad, Y probablemente estoy pidiendo demasiado. O dando demasiado. Que se me olvidó otra vez que nunca me quisiste, pais.
Día de pensar en qué conservaremos cuando dejemos de ser perros y volvamos a ser humanos en la ciudad de siempre.
martes, 26 de junio de 2012
Los tiempos que corren
Mi amigo Rafa me dijo el otro día que, ante la incertidumbre laboral que acecha a los guionistas, lo mejor, en mi caso, sería cobrar dinero a los hombres con los que me acuesto.
- Yo estoy dispuesto a hacerlo -aseveró-, pero tengo un problema, o me vuelvo gay o las mujeres no van a pagar un duro por mi cuerpo. Pero el tuyo, querida amiga, por el tuyo habría que pagar.
- Yo estoy dispuesto a hacerlo -aseveró-, pero tengo un problema, o me vuelvo gay o las mujeres no van a pagar un duro por mi cuerpo. Pero el tuyo, querida amiga, por el tuyo habría que pagar.
Él no pagó un céntimo, claro. Hablaba en condicional. Pero cuando llegué a casa me quité la ropa y me puse a mirarme en el espejo mientras bebía una cerveza. Al principio no presté mucha atención a mi cuerpo, pero pronto mi metro setenta y dos, completamende desnudo, empezó a moverse, y mi inconsciente, a calibrar sus posibilidades de éxito en una nueva profesión.
El pecho está más o menos en su lugar, la cintura describe una curva razonable y aún no tengo demasiada barriga, a pesar de mi tendencia al consumo indiscriminado de zumo de cebada. Tal vez no pueda cambiar sexo por dinero -pensé-, pero, desde luego, me puedo permitir otra cerveza.
Con la segunda lata mis piernas se afinaron. El efecto óptico aumentó cuando dejé solo encendida la luz indirecta del baño. Durante la ingestión de la tercera Mahou me dí cuenta de que mi trasero había hecho un pacto con el diablo a mis espaldas. Literalmente. Parecía redondo como una manzana recién cogida y, aunque la escasa razón que me quedaba insistía en que despuntaban los primeros síntomas de la edad, ese anticelulítico milagroso que había visto anunciado podría combatirlos. Problema aplazado.
En la cuarta cerveza ya tenía claro que la propuesta de Rafa no era tan mala. El razonamiento era lógico; a mi me gustaba el sexo y lo hacía bien. La experiencia es un grado, me dije. ¿Qué mal había en ganar un poco de dinero extra con algo que llevaba años practicando?
El agotamiento me asaltó en la quinta cerveza, justo cuando me cortaba las uñas de los pies. Me puse una tirita en el dedo, alcancé la cama cojeando y soñé que era la propietaria de un bar de carretera en el que los jueves tocaba Bonnie Tyler.
Respecto a mi novio, no he vuelto a hablar con él, pero estoy segura de que jamás volveré a pasar hambre.
El agotamiento me asaltó en la quinta cerveza, justo cuando me cortaba las uñas de los pies. Me puse una tirita en el dedo, alcancé la cama cojeando y soñé que era la propietaria de un bar de carretera en el que los jueves tocaba Bonnie Tyler.
A la mañana siguiente el despertador sonó al mismo tiempo que el dolor de cabeza. Lo normal en estos casos es disolver un espidifén en café doble para espabilarme y sentarme en internet. Un periódico, dos periódicos, tres periódicos. Mil periódicos. Repasé la actualidad informativa del mes. Nada nuevo: Europa al rescate de un pais; ese pais huyendo del rescate; un político venido a más hundiendo otro banco; un juez supremo que no cree que sea malo viajar a Marbella en horario laboral; la secretaria de un deportista real, convencida de que es lo mismo tener una cuenta en Suiza que en Zaragoza. Yo soy de Zaragoza y, como no quería terminar declarando en la Audiencia Nacional, llamé a mi banco y cerré las cuentas corrientes. Cuando llegué a la noticia de que la policía de Barcelona había decidido aplicar mano dura a los clientes de las prostitutas para ayudar a las prostitutas, me volví a la cama con una bolsa de hielo en la cabeza.
En ese momento llamó mi novio. Estaba confundida. Había llegado de viaje y quería verme. Al parecer había conseguido cobrar el diez por ciento de las las facturas que le debían desde hace un par de años y quería celebrarlo. Presa del pánico, le dije que no, que era mejor que no nos viéramos. Y que, pensándolo bien, lo prudente era que no nos vieran juntos en una larga temporada. Y que sobre lo de ir el finde a Barcelona, ni hablar. Que si tanto me deseaba, lo mejor era que pusiera una bandera roja en su balcón. Yo contactaría con él. Le di una contraseña: Garganta Profunda. Y un precio: mil por cita.
Convencida de que tenía razón en lo que nos quedaba por llegar, llamé a Rafa.
Descolgó una voz de joven efebo que me dijo que estaba en la ducha.
Descolgó una voz de joven efebo que me dijo que estaba en la ducha.
Vi claramente que él era más valiente que yo en los tiempos que corren y que había decidido cambiar de profesión.
Respecto a mi novio, no he vuelto a hablar con él, pero estoy segura de que jamás volveré a pasar hambre.
miércoles, 20 de junio de 2012
Los gatos, a veces, también se colocan. No lo hacen a propósito. Lo hacen porque les viene a mano. A ver quien, en sus cabales, rechaza una Weiss Damm dorada e intensa.
Da igual que seas humano que gato. Una cerveza siempre es una cerveza.
Me pregunto si el gato valora el amargo sabor de la cebada tanto como yo. Creo que no. Su curiosidad, si hubiera que trasladarla al mundo de lo real, sería mi adicción. Y un adicto es lo mismo que un curioso: no puede dejar de mirar.
Y es verdad que hay veces que no puedes dejar de mirar al gato. Por curiosidad o por adicción, observas cada movimiento de su cuello. El te mira, tú le esquivas; él ronronea, tú te colocas las bolas chinas; él caza una polilla y tú abres una lata de atún; él caza y tú pescas.
No puedes dormir. Él tampoco. Y en esa comunión antagónica, sientes que le quieres. Y él, a cambio, no siente nada. Olisquea la cerveza, humedece con el hocico el borde de la botella y se pira al patio a buscar más polillas que comer. El gato te deja completamente sola.
Es verdad que luego, cuando te desplomas en la cama, vuelve. Recorre el perfil de tu cuerpo, araña las sábanas y toma la medida de tus rodillas hasta acoplarse en algún recodo de tu cuerpo. Y piensas que igual él está abusando de ti. Pero no importa. Sabes que son cosas de gatos.
Da igual que seas humano que gato. Una cerveza siempre es una cerveza.
Me pregunto si el gato valora el amargo sabor de la cebada tanto como yo. Creo que no. Su curiosidad, si hubiera que trasladarla al mundo de lo real, sería mi adicción. Y un adicto es lo mismo que un curioso: no puede dejar de mirar.
Y es verdad que hay veces que no puedes dejar de mirar al gato. Por curiosidad o por adicción, observas cada movimiento de su cuello. El te mira, tú le esquivas; él ronronea, tú te colocas las bolas chinas; él caza una polilla y tú abres una lata de atún; él caza y tú pescas.
No puedes dormir. Él tampoco. Y en esa comunión antagónica, sientes que le quieres. Y él, a cambio, no siente nada. Olisquea la cerveza, humedece con el hocico el borde de la botella y se pira al patio a buscar más polillas que comer. El gato te deja completamente sola.
Es verdad que luego, cuando te desplomas en la cama, vuelve. Recorre el perfil de tu cuerpo, araña las sábanas y toma la medida de tus rodillas hasta acoplarse en algún recodo de tu cuerpo. Y piensas que igual él está abusando de ti. Pero no importa. Sabes que son cosas de gatos.
martes, 19 de junio de 2012
Nervios
Hoy no voy a publicar nada.
Me largo a leer.
Aún no sé en qué recipiente horizontal lo haré.
Pero pienso leer hasta perder el control.
Eso me calma.
Me largo a leer.
Aún no sé en qué recipiente horizontal lo haré.
Pero pienso leer hasta perder el control.
Eso me calma.
Si todo fuera normal, yo estaría en la Voyager I
Si todo fuera normal sería hora de encender las noticias de la uno. Tengo adicción a los informativos, pero hoy sé que la prima de riesgo se ha disparado "máis una" -como dicen en Brasil-; que el supremo se pudre lentamente como una manzana vieja que viajara de Madrid a Marbella en un carro tirado por bueyes en pleno agosto; y que el retrato de Jane Austen, ese que le hicieron con 13 años, es auténtico.
Si todo fuera normal, estaría cocinando para alimentarme, aunque últimamente me parece un rito secundario. Es verdad que mi nevera hoy parece la de un soltero pero no es solo eso.
Si todo fuera normal, como viene siendo habitual en mi vida, no estaría subiendo un post a plena luz del día, ni escuchando elefantes que sueñan con la música, ni siquiera sacando hielos del congelador para comprobar que el hielo, fuera de su elemento, se derrite, como todos hacemos, sobre todo dentro de una cerveza caliente.
Si todo fuera normal hoy, esos serían experimentos que dejaría para la noche, cuando la bolsa, los mercados y los descubridores de mitos duermen en mi hemisferio norte, y cuando la ausencia de luz me permite convertirme en sombra y el obstinado silencio de esta calle, escucharme.
El gato no andaría durmiendo en los pliegues del edredón del armario que he dejado abierto. El vecino del tercero, que tiene alzheimer, no trataría de coger con un gancho el paño de cocina que ha caído en mi patio. Yo no subiría a su piso a devolvérselo si fuera de noche, aún a riesgo de perderme la aventura tipo Indiana Jones en la que he luchado contra su memoria y su gancho, adherido a su mano como el muñón del Capitán Garfio.
Hoy no es un día normal. Mis dispositivos usb no funcionan, mi identidad de yahoo ha sido usurpada por vendedores de Avon, me dicen, y el sol no brilla tanto como podría esperar.
El gato ha salido del armario y cierro las puerta. Le pongo comida extra y agua fresca con hielo, que sé se derretirá en un par de horas. Termino de hacer la cama que empecé a construir a las doce del mediodía y decido no hacer equipaje para mi viaje (dios, si me empiezo a parecer a gloria fuertes, avísenme).
Nunca subo fotos que no haya tomado mi cámara, pero hoy nada funciona como suele, así que elijo una foto que Nona tomó la noche que tuve la divertida desfachatez de leer relatos ante los amigos. Es la única imagen que me permite contar que hoy, aunque casi nadie se haya dado cuenta, la Voyager I está a punto de cruzar la última frontera del Sistema Solar.
Hoy, treinta y cinco años después, decido subirme a la nave para comprobar que, a mi vuelta, La tierra permace. Y que el hielo se derrite. Siempre se derrite, si pones el cubito en los labios adecuados.
Los mercados no me permiten comer merluza, pero he encontrado una lata de sardinas maravillosa.
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