martes, 29 de octubre de 2013

Inspiración en gravedad cero.

Entras en el bar de la esquina y les pides dos latas de Mahou. Te las dan, te las cobran a precio de bar y te dicen cómo les va la vida. No les va bien. A juzgar por sus palabras, tienen que vender lotería para pasar la campaña de Navidad.
"No me interesa," les dices, "a mi tampoco me va bien".
Pero ellos, los del bar de la vuelta de la esquina de tu casa, te enseñan una lotería que siempre toca. "Es la lotería de Franco", te dicen, bajando la voz."Toca siempre"-

A veces te parece que esta casa es como "Heaven", el bar a donde iban los Talking Heads cuando querían que nunca pasara nada. Te parece también que estás en silencio porque sabes que el sonido no se transmite en ausencia de atmósfera. Esta casa se está convirtiendo en una especie de nave espacial que te aísla del mundo exterior.
Como sigas así, pronto descolgarás el teléfono y llamarás a Huston, diciendo que no tienes ningún problema. Si no contestan, ni tan mal. Al fin y al cabo, la inspiración en Gravedad Cero no es acuciante en absoluto. Todo va más despacio aquí.
Vamos a probar a qué sabe el color verde.

miércoles, 2 de octubre de 2013

A tu hermana

No huyas, no corras, no aparques, no recuerdes, no pienses, no sientas.
A mamá le duele la cabeza y el vientre.
Mamá es mayor de lo que tú pensabas.
No huyas, no corras, no aparques, no recuerdes, no sientas.
Mamá se esconde del dolor.
No pienses.
Recuerda, pero no corras ni aparques en prohibido.
No transgredas, pero sé especial, te dice tu madre. Y te preguntas qué coño habrá querido decir con eso.
Dedicas la vida a ser especial durante años.
Y no lo consigues. 
Lo consigues, pero no siempre lo consigues.
Lo consigues, pero no siempre lo consigues.
Lo consigues casi siempre, te dices, y andas por ahí, por el mundo, creyendo que la vida te fue dada; que te quedaste a la orilla del río por ver si los salmones remontaban.
Tú sabes que no remontan.
Tú sabes que tenemos prohibido aparcar aquí.
Pero mañana te convenceré para que vengas.
 

sábado, 14 de septiembre de 2013

Cuando éramos héroes

A veces, por las noches, os sentabais alrededor del fuego dispuestos a elegir a vuestros superhéroes favoritos. Había que ir descartando. No se podía, por ejemplo, ser Batman y Hulk al mismo tiempo. O eras un tipo rico, flemático y sin poderes sobrenaturales, pero que conducía los mejores coches, volaba de noche y se ligaba a las tías más buenas; o tenías problemas para controlar la ira y te ponías verde de rabia hasta reventar los botones de la camisa.
No te podían gustar al mismo nivel Iron Man, todo cerebro y ambición, él, y Capitán América, un mutante involuntario condenado a vivir eternamente un viaje en el tiempo.
Podías dudar entre Catgirl y Elasti-girl (lo de ser zorra y madre de familia al mismo tiempo lo dabais por descontado), pero al final había que elegir.
Tú siempre te hacías un lío: te gustaba conducir de noche, mandar a la gente a tomar por culo, ganar mucha pasta, sentir melancolía del futuro, follar y ser un paracaídas para los amigos.
La gente se posicionaba, decidía qué héroe quería ser esa noche y adoptaba su personalidad.
Después cambiabais el juego. Ahora se trataba de elegir la última cena de vuestras vidas. Estamos en el corredor de la muerte y mañana nos matan, decíais. ¿Qué cenaríais?
Pasabais de los huevos fritos al caviar sin solución de continuidad. Entonces recordabas que Pedro te dijo un día que los huevos fritos, mejor con caviar que con sal. Y sonreías en secreto.
Al final de aquellas noches, justo antes de acostaros, los que todavía quedabais vivos después de apostaros el sueño a paisajes más blancos que los de aquel agosto, os tirabais al suelo a ver las estrellas. Había una banda sonora para esos momentos: "Nine million bicycles".  Es cierto que aquel verano apenas pasaban estrellas fugaces por el cielo de vuestros ojos, pero daba igual. En ese momento, os queríais mogollón. Concretamente, tú, se lo decías a todo el mundo.
A la exaltación de la amistad le sucedía la deserción. Os ibais dejando unos a otros en posición horizontal y tú lograbas siempre alcanzar la cama. Te quitabas la ropa de domingos al sol y sacabas de la maleta el traje, la camisa blanca y la corbata negra. Luego te ajustabas el sombrero, cruzabas los brazos sobre el pecho y sabías que, a la mañana siguiente, recordarías el tiempo en que fuiste toda un héroe.

martes, 3 de septiembre de 2013

Madrugadas del ángel caído

Catorce minutos han pasado ya desde que es mañana. Has llegado a casa por una calle vacía, sin bares, flanqueada por árboles a la derecha y trastiendas de hospitales a la izquierda. Una calle con tantas sombras que podría esconder una convención mundial de asesinos en serie acechando a su víctima.
¡Cómo si hoy fuera posible que existieran los asesinos en serie!
Los asesinos en serie han desaparecido.
A cambio, en la acera de la derecha ves el pabellón de "Maternidad;" en el de la izquierda pone "Duelos"
La gente fuma igual cuando nacen niños que cuando muere la gente.

En España nunca hubo asesinos en serie, desde luego. Un par de portadas del siglo XX que pudieron confundir a los investigadores, pero poco más. Aquí, cuando se mata, se mata de una vez. Con dos cojones. Nada de muertes jeroglíficas para demostrarle a Feud que me cago en mi puto padre. Aquí se mata a las mujeres porque "era mía" y a los traficantes porque "no había".

Cuando hablas de asesinos en serie te refieres a que ya no tienes miedo (tal vez nunca lo tuviste) a caminar por calles casi oscuras, iluminadas con focos que trampean las sombras y las vuelven espectros. Calles que, en su languidez, se desploman sobre un suelo lánguido, también, que las devuelve al cielo. (Se nota que ayer fuiste a ver a Dalí un par de horas antes de que cerraran).
Es imposible que haya asesinos en serie escondidos en esos oscuros rincones que te llevan a casa.  Hace tiempo ya que dejaste el oficio de matar y nadie se acerca a tu ventana para cambiarte un 22  por una 48.
Nadie lleva una Colt en la cintura.
Quién podría, en los tiempos que corren.

Y confieso que me gustaría.
Confieso también que si el mundo sigue así, mis alas se empaparán de agua.
Y yo fumo demasiado como para sobrevivir mucho tiempo con las alas mojadas.

martes, 20 de agosto de 2013

El raro y lánguido verano

¡Buf!  ¿Por dónde empiezas después de dos meses?
El coche no sirve para viajar porque no pasas la ITV; la casa se vuelve hostil porque ya no soporta el calor que alberga; los  gatos que no elegiste se pelean a muerte sobre el parqué y tu cabeza.

No se soportan, ni te soportan.

Los amigos te llaman -lógico-porque te quieren cuidar. Te llevan a piscinas de ensueño  para que pienses que la vida no va tan mal. Te invitan a cañas que no puedes pagar en honor de algún lejano favor que ya ni recuerdas. Te proporcionan hombres de todas las nacionalidades posibles para que te admiren. Te quieren, de eso no hay duda,  y te proyectan espejismos que, mientras duran, crees a pies juntillas. Como crees que, si miras al noroeste, verás las Perseidas rasgar el cielo con dientes de tiza.

Está siendo un verano tan raro, tan largo y tan lánguido que no sabes por dónde te da el aire que hoy no sopla en Madrid.

En Madrid no sopla nada últimamente.

Y no sabes si "tal vez será su voz o tal vez será tu alcohol".

lunes, 17 de junio de 2013

El ruido y la furia


Consumes tanta cerveza como aceite tu coche. Más o menos, dos litros a la semana. Pero eso depende del día. Hay veces que más. 
Los rodamientos del coche hacen tanto ruido como tus rodillas. Y sabes que no es artrosis,  sino bailes de puntillas al amanecer. Si un coche no te aguanta una noche de fiesta, es mejor que lo des por perdido.
Abandonas el coche, te quitas los tacones y te calzas un casco en la cabeza. El casco es negro, por supuesto. Luego levantas la pierna derecha, ajustas bien el culo en el asiento y empujas con el talón izquierdo hacia atrás el cabestrillo en el que apoya la rueda trasera después de darle al contacto. 
La moto arranca, metes la primera velocidad con la mano izquierda y con la derecha aceleras. 
No era tan difícil, te dices. 
Hay veces que el ruido tiene que superar a la furia

viernes, 7 de junio de 2013

Dos cabalgan juntos

No son horas de escribir un post. Al menos no son tus horas habituales. Pero tampoco es hora de abrir una lata y sentarte a pensar en qué vas a hacer con lo que queda del día. Deberías irte a dormir, te dices, pero malditas las ganas de perderte de nuevo el sol. La gente, a estas horas, entra en las cafeterías, pide una tostada con aceite y se castiga por pensar que ojalá no tuviera que ir a trabajar. Con la que está cayendo.

Un cortado, en vaso, largo de café y con leche fría. La ciudad  se llena de voces que piden cafés imposibles de memorizar, porras, pinchos de tortilla y algún que otro carajillo de whisky. La ciudad se vuelve loca entre pitos y tertulias radiofónicas que suenan a flautas y cada conductor pilota en su propio Hamelin.
Tú pilotas en el carril bus, un motorista justiciero para junto a tu ventanilla y te dice que ese carril no es el tuyo, que no deberías conducir por ahí. Te lo dice a gritos en hora punta.
Lo sé, le contestas. Y con vocalizar los monosílabos te entiende. Total, él va con casco y tú con la música a todo lo que da. ¿Te apetecería partirle la cara? No lo creo, no es tu estilo. Además están pinchando en Radio 3 el jardín botánico y tienes un máster en oportunidades perdidas.
El autobús arranca y él sigue con su monólogo. Momento perfecto para colarte delante.

No son horas de escribir un post ni de lamentarte sobre si perdiste la furia. Te queda el ruido de una ciudad que no se compadece de tus dedos, doloridos tras doce horas de tecleo infernal.
Todo es ruido hoy. O ayer, que no sabes en qué día vives porque ya no distingues si amanece, que no es poco, o no.
Amanece. Y tienes que dormir. Ya sé que no son horas, pero es mejor que ver en casa dos gatos que cabalgan juntos.

No, desde luego no son horas de escribir un post.