viernes, 19 de enero de 2024

Vivir sin gato

Vivir sin gato tiene sus ventajas. De pronto  descubres, en medio de la noche, que ya no te despiertas porque el gato arañe el cabecero de la cama. Tampoco se pasea por tu cabeza dos horas más tarde para recordarte que, en su manera crepuscular de ver la vida,  las noches no son eternas. Ni para él ni para ti. El gato tipo tiene la costumbre de convertir el sueño en vigilia. 

Dormir del tirón. ¡Que privilegio!  

Luego, cuando despiertas sin gato y resulta que la mañana tiene el color plomizo de las mañanas de lluvia, te das cuenta de que ahora te levantas con más energía. Ya no tienes a nadie en el colchón ronroneándote sobre lo bien que se está en la cama y lo mullido que es el edredón. Mejor la ducha que el frío de las sábanas sin gato, te dices, y te lanzas a una lluvia de agua que solo tú ves caer. 

Llegar pronto al trabajo. ¡Qué alegría para mis jefes!

A la hora de la cena hay una ventaja adicional. Una vez que superas entrar en casa sin que el gato se enrede entre tus piernas, puedes comer todos los langostinos que quieras. Nadie te va a mirar con ojos de chantaje para que le des la cola o el caldo de la lata de berberechos que te has abierto con una buena botella de vino blanco.

Más marisco para mí. ¡Qué afortunada!

Y luego, si tienes que sacar la basura, no andarás con cuidado por si él se descuida y se queda fuera de casa. No hará falta poner en alerta a una legión de amigos para que busquen bajo los coches dónde coño se ha escondido el gato. Ni tratarás de hablar, como si estuvieras loca, con alguien que no te entiende sobre lo bonita o lo fea que es la vida. No habrá más nevadas en la ciudad, ni más cajas de arena en el patio, ni más confinamientos eternos y felices, ni más pelos en la manta, ni más primaveras en la hamaca, ni más juegos en el grifo del lavabo, ningún arañazo más. 

La verdad, la vida sin gato tiene un montón de ventajas. Ahora duermo como un payaso.



martes, 24 de octubre de 2023

Manzanas que son rebeliones

Harta como estoy del horror que arrojan las noticias cojo las llaves del coche, el carné de conducir y cierro tras de mí la puerta de casa.
Pelín airada, reconozco. Airada por tener que salir a buscar el hogar que me niega el televisor.  
No soy de las que se enfada con facilidad, pero hoy me hierve la sangre porque, como cantaba Kasie O, no puedo sonreír decentemente ante el hambre y el dolor de tanta gente, así que agarro las llaves, el carné y la furia y me piro de casa.
Enciendo el contacto, espero, giro un diente de llave más y el coche arranca. No sé a dónde ir. El coche tampoco. Nos parecemos.
    Ni él ni yo pensamos, pero el asfalto comienza a deslizarse bajo las ruedas y nosotros nos movemos con él, eligiendo el sentido contrario a las agujas del reloj: primera a la izquierda,  primera a la izquierda y primera a la izquierda. Las vueltas a la manzana se suceden. Debería comer más fruta, pienso, al menos por las mañanas. Por la noche se convierten en edificios de ladrillos construidos muy juntos.
    Sintonizo una canción de Ben Harper y sigo girando, esta vez ampliando el radio de acción. El universo se expande en círculos concéntricos y veo un bazar chino al fondo. Aparco, bajo y compro dos latas de cerveza y media docena de huevos. Al salir, un hombre que empuja un carrito con un bebé me dice que tiene el coche en doble fila unos metros más atrás y que, si no me importa esperarle, mi aparcamiento puede ser el suyo.
    La remota posibilidad de hacer feliz a un tipo que empuja un carrito y habla con acento del Medio Oriente me hace pensar que mi deambular nocturno le puede hacer bien a un mundo que se descompone víctima de una ola de crueldad infinita, como si las fuerzas del mal se hubieran desatado dirigidas por algún villano resentido y vengativo. 
    Subo al coche y pongo las luces de emergencia para que el hombre del bebé me identifique al llegar. Mientras espero, el sonido intermitente del piloto que enciende y apaga la luz amarilla me recuerda al tic tac del reloj de un temporizador. Espero y espero, acunada por intervalos sonoros que calman la furia con la que salí de casa. La vida, vista a través del retrovisor, se me antoja mucho más tranquila y amable y siento un destello de alegría provocado por recuerdos felices  de tiempos sin guerras. Pero el tiempo se alarga y el hombre no llega. ¿Habrá tenido problemas con el coche? ¿Con el bebé? ¿Con el carrito? Es complicado plegar los carritos para meterlos en el maletero. Y luego hay que acomodar al niño en el asiento trasero, con todos esos arneses de seguridad que nunca entran a la primera. Sí, será eso, aunque dudo que toda la operación dure los treinta minutos que llevo esperando. 
    Hay otra posibilidad: que el tipo haya encontrado un hueco más cercano y no se haya molestado en avisarme. Puede que en esta época ya nadie confíe en nadie y el hombre haya dudado de mi palabra. Las latas de cerveza se están calentando y los huevos, con la calefacción puesta, tal vez se estén incubando. Antes de que eclosionen en forma de pollos amarillos, arranco y pongo rumbo a casa. 
    Lo primero que haré al llegar, me digo, será buscar el teléfono de la Liga de la Justicia. Alguien tiene que reunirlos para que pongan fin de una vez por todas a esta nube de oscuridad que se cierne sobre nosotros. 



martes, 13 de junio de 2023

Mahou, Europa o ruiseñor

Puedes cambiar de ropa, de zapatos y de crema hidratante. Puedes comprarte ese champú de a veinte pavos por la mitad de su valor en un Mercadona de tres al cuarto.
Puedes beber Mahou, Alhambra y San Miguel, según te venga.
Fresquitas.
Puedes cambiar de música preferida, de película preferida, de libro preferido.
Puedes decir hoy que Capote es mejor que Fitzgerald, cuando ayer te pareció que "Suave es la noche" superaba a "Música para camaleones".
Puedes ser un replicante, una iguana, un ruiseñor

Cortarte el pelo no solucionará nada.
Puedes cambiar de imagen las veces que quieras pero, al final, el pelo crece. Europa, no

lunes, 13 de febrero de 2023

Ovejas que no ven Netflix

     - ¡Vamoooooos! ¡Fuera, fuera, fuera! ¡Un poco de orden! ¡Vamos, ovejas! ¡Salid, salid, salid!".
    
        Ese era el tipo de discurso que nos esperaba siempre al final del esquileo. Qué digo el tipo de discurso: exactamente las mismas palabras año tras año. ¿Once primaveras dejándome pelar el culo sin permiso y todavía me tenía que oír que no molestara al pastor de los cojones?
    
     - ¡Venga ya!, -me dije-. Llevo cuatro horas compartiendo un espacio mínimo con  cuatrocientas congéneres que se comportan como si no quedaran carneros en el mundo, ¿y ahora tengo que salir en orden? No me jodas, yo me piro de aquí.
     
    Y así lo hice:  agarré el vellón con los incisivos, agité la cabeza como si me estuviera montando uno de esos sementales que de vez en cuando traen de las ferias y, en un visto y no visto, conseguí colocarme sobre el lomo los tres kilos de lana que me acababan de afeitar. El disfraz era perfecto. El esquilador que me había pasado la cuchilla por todo el cuerpo lo había hecho con tal precisión de cirujano que, a pesar de estar absolutamente desnuda, parecía una oveja sin esquilar.
    
     Lo demás fue sencillo: cuestión de arrimarme a la cancela trasera y empujar lo justo. Nadie me vio. Los mastines fumaban hierba bajo las encinas, y los border collies, en su línea de adictos a los sicotrópicos, perseguían grupos de ovejas. Están locos los border collies. Para ellos correr detrás de una oveja está bien, dos mola más, con tres se ponen a mil y a partir de cinco producen endorfinas para suministrar antidepresivos durante dos años a la ciudad de Nueva York. En fin, me dije, dos razas de perros, dos tipos de drogas, dos maneras de ver la vida.

     Sobre cuál sería mi estilo de vida al salir del esquiladero, lo tenía claro: merina, blanca, soltera, de pelo largo y alma en rebeldía. Cuéntale eso a un pastor, a un carnero, a un cordero, incluso a un lobo hambriento. Cuéntales que eres una oveja que no tiene claro su lugar en el rebaño y que estás pasando una crisis de identidad. Te diré lo que ocurre: el pastor llamará al matadero para decirle que este año va una oveja más para fabricar mortadela -doy fe de que eso es lo que hacen con las ovejas viejas-; el carnero buscará un culo nuevo al que subirse, y el cordero, que entre tantas madres de huérfanos ya no sabe cuál es la suya, morderá el primer pezón que le ofrezca leche fresca. Respecto al lobo hambriento, sin comentarios. No hay lobos que pasen hambre allí de donde vengo, los pocos que quedan hurgan en las basuras los restos del asado navideño. Así que sí, ese día lo tuve claro. Mi estilo de vida sería hacer la revolución.

   Allí me dirijo ahora, al corazón de la revolución, a aquella tierra prometida de la que se dice que no hay rebaños, ni ciclos reproductivos. Llevo cinco meses caminando hacia el norte, donde leí que había pastos más frescos. Confieso que no está resultando fácil. De vez en cuando me entra una terrible ansiedad cuando tengo que cruzar las autopistas. He visto morir jabalíes atropellados por su falta de paciencia y eso no ayuda. Tampoco llueve mucho. Una vaca me contó que era cosa del cambio climático y me animó a que siguiera adelante. Hizo además de acompañarme en la aventura, pero de su cuello colgaba un cencerro tan ruidoso que hubiera alertado al ganadero. No he llegado todavía a ningún lugar y estoy lejos de casa, pero he pensado mucho en este tiempo y he llegado a la conclusión de que no quiero una nave calentita para ver documentales en streaming sobre lo grande que es el mundo si tengo cuatro patas para recorrerlo.
   

jueves, 6 de octubre de 2022

Por qué sonríes cuando te juegas la vida


Van a tirar esa falta y ahí estás tú, bajo los palos. No sales en la foto, pero te veo valiente, con cierto gesto de aplomo en tu cara. No tengo ni idea de cómo son las caras de aplomo, pero la tuya podría formar parte de un manual de cómo interpretar miradas fijas, serias, serenas y circunspectas.
Sin embargo algo me despista en ti. Llevas media sonrisa puesta en la comisura izquierda y eso no es propio ni del aplomo ni de un día en que te juegas la eliminatoria y, por ende, el título. No viene a cuento que hoy te coloques una mueca de "melocomotodo". Sonríes detrás de esos hombres, segura de que vas a parar el  balón que se te viene encima. Tienes controladas todas las escuadras, no te da miedo un gol de volea, ni un libre indirecto, ni un tiquitaca de tres al cuarto. Te veo segura incluso cuando valoras que a ese delantero le puede salir una chilena de pura chiripa. Las chilenas, como tú bien sabes, son golpes que la vida te da a traición, da lo mismo que estés en Chile, en la Argentina o en Madrid.
El árbitro está terminando de colocar la barrera y el campo entero contiene la respiración. Todos los ojos se fijan en ti y tú no te quitas esa sonrisa que puede irritar al enemigo. Se escuchan palpitar mil corazones mientras te ajustas los guantes. Es el silencio propio de los muertos que quieren salir de sus tumbas y que te recorre el espinazo. Otro tópico, porque tampoco sabes muy bien dónde tienes el espinazo. Pero estás lista y deseas que suene el silbato de ese hombre vestido de negro. El silbato que lanzará el balón buscando tu portería. El balón que tratará de violar tu vida y terminar con tu sonrisa y tu carrera y entonces, cuando por fin suene, tú sabes que no tendrás que hacer nada. Nada en absoluto, porque ahí estarán tus amigos, formando barrera, protegiéndose unos a otros, protegiéndote, y el balón rebotará en sus cuerpos sin siquiera acercarse a tus manos.
Entonces, cuando no tengas que parar ese gol que parecía seguro, el estadio rugirá, como lo haría un camión por las curvas del Jarama. Rugirán todos a una, con una sola voz, espartana ella, que desafíará a los persas que busquen un camino por tus Termópilas. Y el rugido será mítico.
Luego, en el vestuario, me daré cuenta de que ya no tienes talón de Aquiles, ni cortarte el pelo te hará más débil que a Sansón. Porque ahí han estado tus amigos, todos, protegiendo tus partes blandas.
Por eso sonreías tanto, colega.
Y yo no lo veía.

viernes, 15 de abril de 2022

Leones como alfombras voladoras

Me pregunto qué piensan los leones cuando miran el cielo.
Sé algo de gatos, pero no de leones.
Cuando un gato levanta la barbilla es sólo porque lo que ve le mola. Así de simple.
En medio de la sabana, un león mira el cielo como un gato miraría el aire que respira.
Soy el aire que respiro.
Soy el cielo que se abre sobre mi cabeza.
Soy la cabeza que golpea contra el aire que respiras.
Soy el aire, el león, el golpe y quien respira.
Y subo sin miedo a los pedestales para mirar más alto.
Por muchas veces que haya querido ser tus ojos para entender cómo veías el mundo, prefiero el azul del cielo al de tus ojos.
Prefiero ser las olas, la mirada y la marea.





lunes, 9 de agosto de 2021

Deseando cantar bajo la lluvia

Exterior. Madrugada de agosto.

¿Y si me abro? Si cojo impulso suficiente podré tensar el mecanismo que me mantiene cerrado y buscar al desalmado que me dejó aquí con pinta de imbécil, en esta tórrida noche de verano, sin saber qué hacer, ni para qué sirvo, si para sobrevolar tejados con mujeres que cuelgan de mí, para proteger de la lluvia o, y eso es lo que más me preocupa, para evitar que el sol le queme la cara a la gente. Porque, si ese es el caso, deberé pensar que llevo toda mi vida equivocado y que, definitivamente, no soy un paraguas, sino una sombrilla y, por lo tanto, tendré que hablar de mí en femenino y dejar de segregar la misma testosterona que, seguramente, ha nublado la mente del cabrón que me ha tirado en una esquina, que ni siquiera es esquina, frente al Gregorio Marañón.

Desde luego, si lo que quería el tipo en cuestión era crearme una crisis de identidad, lo está consiguiendo. Pero lo malo de esta situación absurda es que carezco por completo del sentido del tiempo. No del atmosférico, que tampoco estoy tan idiota (sé que hace calor, mucho calor, calor de esos que hace que el asfalto huela a asfalto caliente recién tirado), sino del tiempo tiempo tiempo. El tiempo que pasa, el que se va, el que hace que la vida empiece y termine; el que convierte el amor en convivencia cordial; el que arruga las caras y destensa los músculos de los culos más duros; el que te mira a los ojos y te dice que ya está, que ya pasó Tu Tiempo. Ese tiempo me tiene hecho mierda, porque no sé ni cuánto llevo aquí ni cuánto me queda.

Soy una suma de tela impermeable dispuesta de forma cóncava sobre una serie de varillas metálicas, que se abren y se cierran sobre un eje central accionando un simple ingenio que ahora me mantiene cerrado y en posición vertical. Estoy apoyado sobre una puntera de madera y coronado por una empuñadura que permite a la gente cogerme, elevarme sobre sus cabezas y protegerse. Eso es lo que sé de mí.
Tela, varillas, empuñadura. Tela, varillas, empuñadura.
Esa es mi letanía.
Dicen que dentro de poco lloverá. No estoy seguro. No sé si debería decir, no estoy segura.
Sólo sé que estoy deseando cantar bajo la lluvia.

viernes, 8 de enero de 2021

Confinamientos


Confinamiento 250520

Y para qué vale todo esto, me digo. Y me levanto de la silla para echarle un vistazo al entorno. Me ha servido bien durante estos meses. Confieso que he estado a gusto. Las paredes son blancas, así que sus límites físicos se vuelven translúcidos cuando los miro con los ojos entornados y consigo cierta sensación de amplitud y espacio. Algo así como Jodie Foster en Contact. 
Hay tres ventanas, las tres pintadas de rojo, y dos puertas: una de entrada a la casa y otra de salida al patio. A veces se intercambian los papeles y una se convierte en salida y otra en entrada.
Me he distraído con todo lo que ocurre entre estas cuatro paredes. Son muchas paredes, si lo pienso con detenimiento, porque a mí me vale con tres. Siempre estoy viendo la escena, soy el público del interior de mi casa y no pago por ello. A veces entra alguna mosca, algo que he llegado a considerar un acontecimiento, y la sigo con la mirada, sin molestarla, imaginándome cómo ve ella la vida a través de sus ojos compuestos, sin buena resolución en la lente, pero con gran visión periférica, capaz de detectar los movimientos rápidos que se producen a su alrededor y la polarización de la luz. Hasta que regresa al exterior y se me olvida. Me gusta ese momento previo al olvido. Es una fracción de segundo en la que la lucidez de un pensamiento pequeño y vano se vuelve tan intensa que se puede sentir el fogonazo de la inspiración, blanca y brillante, casi pornográfica. 
Durante estos días he estado a punto  varias veces de escribir el relato definitivo del mundo visto desde el punto de vista de las moscas, pero siempre, indefectiblemente, la iluminación es sustituida por otro pensamiento más vacuo aún, lo que provoca la llegada del olvido. El olvido siempre llega. Y eso es lo que me preocupa: que llegue el olvido definitivo.
También soy el público de lo que sucede fuera. Tengo tres ordenadores en 40 metros cuadrados, una tablet junto a la cama, una radio con altavoces Sony que ya no lee cedés y una tele grande que te cagas. Todo, incluido mi móvil, conectado a internet por fibra óptica. No es que esté precisamente aislada o desconectada del mundo. (He visto el miedo caminar valiente por las calles). Sin olvidar el tiro de cámara que tengo del cielo cuando me tumbo en la hamaca del patio. De noche, si me quedo mirando el tiempo suficiente, veo girar las estrellas en un pequeño ángulo celeste. No es la Cruz del Sur, pero no está mal. Es cielo de verano. Digamos que este pequeño hormiguero en el que vivo me ha aprovisionado de cobijo, calor, descanso, libros por las paredes y en los dispositivos electrónicos, cervezas frescas en la nevera, películas, música infinita, conciertos en directo por streaming, teclados sobre los que escribir y sol bajo el que broncearme. Hasta he charlado con el gato cuando quería recordar cómo suena mi voz.
Ha habido silencio, pero no sé de qué ha servido todo esto, todo este silencio, me digo, si ahora vuelve el ruido y la furia de la gente. Como si no hubiéramos tenido suficiente. 

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Así me quedé el 25 de mayo. Cabreada con cómo iba el mundo. Meses después, tirada como una colilla en los cariñosos brazos de mi sofá de tres al cuarto, hago memoria de los libros que me he metido al cuerpo desde entonces y sonrío. He leído un montón.Como en los viejos tiempos, me digo.  Y decidida a seguir viviendo aventuras me levanto del sofá, me acerco a la puerta roja del patio y asomo la nariz. Hace tanto frío que salir en camiseta no parece una mala idea si lo que una quiere es sentirse viva. 
Decido salir, por supuesto. Hace frío y las hamacas están demasiado húmedas como para sentarme, pero la temperatura del cemento bajo mis pies es tan distópicamente agradable que el cúmulo de contradicciones me obliga a quedarme. 
Y aquí sigo. Mirando el cielo de invierno, que tiene poca prensa, pero que reconforta.

Confinamiento 080121

Vaya defecto el mío el de distraerme con nada, pero lo confieso: el 28 de diciembre se me fue la pinza y me quedé mirando un brillante cielo de invierno, con más estrellas que el de julio, y olvidé lo que quería contar. Otra vez el fenómeno de las moscas que entran casa. 
Hoy, desde luego, no hay mosca que sobreviva a la nevada que, por las horas que lleva cayendo, debe haber congelado ya el infierno. Hay ocho centímetros de nieve en el patio y al gato le da miedo salir a oler su caja de arena. Me cuesta poco ponerme en su lugar si pienso que su pata delantera mide diez. 
El caso es que, desde que he llegado a casa siento la misma fluctuación que sentí en el confinamiento. En el sentido que le da la RAE de "irresolución, indeterminación o duda con que alguien vacila, sin acertar a resolverse". Llevo ya seis horas en casa yendo y viniendo a todas las ventanas y a las puertas que me dejarían entrar y salir de aquí si quisiera. Pero no me decido, porque en cada una de ellas hay un cuento diferente que querría contar. Y cuando parece que hoy tampoco va a ser el día, abro la ventana de la habitación y dejo que entre el aire helado. Hay un paisaje gélido y blanco por el que no pasa nadie. El silencio es igual de blanco y suena como el ruido amortiguado por un colchón de lana. Creo que es hora de ponerme los esquís de fondo y salir a cazar al oso antes de que vuelva a rugir.  

viernes, 24 de abril de 2020

Abriendo la cúpula para la nave nodriza.


Si yo hubiera sabido que el tiempo que gasto iba a estar ligado al espacio que ocupo, me habría alquilado un apartamento más grande.

Despierto varios meses después de un tiempo inerte y me encuentro con que Alce Negro, que arrancó cabelleras en Little Big Horne, se convirtió al cristianismo, haciéndose llamar Nicholas Black Elk; que Scott Fizgerall le pilló al descuido varios párrafos de su diario a Zelda, y los metió en el monólogo final de A este lado del paraíso; que Klaus Mann se comió un bote de pastillas porque la sombra de su padre era alargada, y que Bill Whiters y Rubem Fonseca se han muerto como se muere todo el mundo, de un día para otro.
No es un buen momento para regresar de un letargo tan largo, me digo, y evito abrir periódicos y mensajes. No enciendo dispositivos, no abro las ventanas y no exprimo las naranjas. Nada me jodería más el día que una naranja amarga. A cambio, me marco veinte flexiones. Tengo los músculos entumecidos. Sudo, pero me animo a hacer otras veinte. Posición tierra inclinada, dos minutos. Sentadillas, unas treinta. Ahora sí que sudo. Quedan cervezas en la nevera, pero me decido por el agua. No sé si habrá allá a donde voy.
La casa es pequeña, pero el patio no está mal, reconozco, aunque coloco el espejo de la sala en la pared frontal para que parezca más grande. Tengo que combatir la claustrofobia antes de viajar.
Por supuesto, me pongo música. La música, por todo el universo es sabido, ayuda a abrir la mente que se asfixia sin razón. Elijo, no sé por qué, el podcast número 4 de Juan. Una rareza en su trayectoria, creo recordar, pero es lo que me pide el cuerpo tras la larga noche, las malas noticias y el ejercicio inadecuado después de un año de hibernación. Juan, sabe bien cómo ambientar los cambios de vida.
Con todo listo, me siento en una hamaca tan desvencijada como mi memoria. Cierro los ojos. Suena el repicar de los whatsapp, pero me dejo llevar por la música. Suenan los pájaros y me dejo llevar por la música. Sale el sol y suena el silencio. Abro los ojos. Me veo estirar los pies, que se alargan más allá de mi estatura. Me dispongo a esperar.
Espero tanto que el sol ya está cayendo. Me duele la espalda. ¿Me he vuelto a dormir? Ahora no puedo distraerme, pero hay tanto eco en mi mente que puedo escuchar a Harry Dean Stanton cantar mejor que nadie Everybody´s talkin´.  "El sonido cambia, la luz desaparece, todo el mundo me habla y yo no oigo una sola palabra de lo que me dicen".
Ha llegado el momento de irse. No corren buenos tiempos para quedarse en este planeta infestado de virus. Ni siquiera sé si mi especie es inmune. Me despido del derredor y abro la escotilla del cielo, para que la nave nodriza pueda localizarme. No sé si habré hecho el suficiente ruido para convertir mi pensamiento en onda gravitacional, pero, durante la hibernación, escuché a Delacroix decir que un día sin escribir es un día que no ha ocurrido.
Y aquí estoy.
Espero que el gato lleve ropa adecuada para saltar al hiperespacio.

viernes, 18 de mayo de 2018

PLANETA MARAVILLOSO


Compro flores rojas para ir a verle.
Le gustan.
Del color,  no estoy segura.
Subo.
Parece que le gustan. Busca un florero.
O un jarrón, o algo.
La jarra de porcelana nos convence a los dos.

Estamos tranquilos

Luego llega Él.
Llega elegante, como siempre.
Trae buenas noticas. Se contiene.
Eso lo hacen los tipos elegantes, me digo.
No pestañean.

Elegantes, los dos, ahora.

Y bebemos y fumamos.
Celebramos las buenas noticias.
Hablamos.
Y otros escuchamos.

Hoy escucho. Es mi especialidad.
Llevo ropa adecuada para escuchar.

Escucho que llega Esteban y empezamos a reír.
Elegantes, los tres.
Lou también.
Los cuatro, entonces.

Esteban se va y la tristeza dura lo que eldelasflores rojas tarda en pinchar.

Música.
Interior.
Noche.

TAN ELEGANTES LOS CINCO.

Puto planeta maravilloso.


lunes, 13 de noviembre de 2017

Ira


No he sido yo quien ha tendido la ropa de la fotografía.
Nunca he cocinado en esa lumbre.
Tampoco eres tú el que llora sobre mi tumba.
Me importa una mierda si sigues con vida.
No te lo tomes a mal, pero yo no, y eso influye.
Si decidiste divertirte o aburrirte, a mi me da igual. A estas alturas me importa un bledo si lograste encontrar el lado bueno de las cosas.
Estoy tan enfadada que no te deseo ningún mal.
Pero, ojalá se extingan de nuevo los dinosaurios por un mal golpe del cielo.
Que la ira me permita odiar a los pájaros, prohibir los peces en mi garganta y dejar que los gatos exciten  mi oxitocina.


sábado, 13 de mayo de 2017

Australian girls

Las chicas.
Cómo molan las chicas.
Las ves una noche después de meses y ellas siguen volando. Como vuelan las gaviotas antes de posarse en una señal de tráfico para peatones en un muelle de Australia.
Si eres gaviota y vives en Australia, sabes de lo que hablo. O vuelas o vuelas. No hay nada donde posarse alrededor de Australia. Isla a la deriva en un mar infernal.
Las chicas son como Australia. A la deriva, sin que nadie se entere de que allí el día empieza doce horas antes. Sin que nadie se entere de que vuelan, buscan, vuelan y encuentran. Sin que nadie se entere de nada de lo que ellas hacen por vivir.
A las chicas les pondría yo ahora una canción de Janis Joplin, una de esas canciones que nunca sonaría en Eurovisión ni se pondría Nadal en el vestuario antes de saltar a la final del Open de Madrid, que ya nunca veremos en vivo.
¡Qué coño, las chicas se merecen un Piece of myhHeart!

jueves, 11 de mayo de 2017

Repeticiones

Pues aquí estoy, después de tantos meses, para decir cosas, que tampoco tienen mucha importancia si tenemos en cuenta que Inglaterra se ha salido de la UE, que Trump preside los USA y que hace un par de días la palmaron ahogados 260 sirios mientras los guardacostas burlaban protocolos de  rescate.
Ni tan mal que sigamos vivos, me digo, y sigo leyendo el periódico.
En el mismo cuerpo de letra leo dónde comer las mejores croquetas de la península, cómo incrementar el ritmo cardíaco si fortalezco el suelo pélvico y en qué twitter puedo insultar a Piqué. Perpleja, pestañeo y vuelvo hacia  arriba. Ruleta del ratón subiendo y bajando por la pantalla. Doble click para averiguar si los 260 sirios ocupan el mismo espacio que Piqué. Comprobado, las croquetas y el gráfico de un útero ganan de calle en la información del día. ¿Y qué le digo a Piqué? ¿Tiene suelo pélvico? ¿Sabe hacer croquetas? Y lo que es peor. ¿Sabe hacer croquetas Piqué con el suelo pélvico? ¡Dios! Las preguntas se agolpan en mi cabeza y me confunden. ¿Qué tal es la pelvis de los ingleses? ¿Inglaterra está en Europa? ¿Qué tal se come en Inglaterra? ¿Hay croquetas en Inglaterra? ¿Y en Siria? ¿Queda algún sirio que esté haciendo ahora mismo croquetas en Siria?
Me mareo, cierro el ordenador  y me tumbo.
Luego vuelvo a lo cotidiano, a que hoy hay un par de estrellas que brillan más, a que mañana estrenan Alien por enésima vez, a que no sé montar el mueble que he comprado, a que, a veces, en Madrid, pasan cosas bonitas.
Me tumbo de nuevo, agotada y fascinada por el ejercicio humano de la repetición.
Me tumbo de nuevo.
Me tumbo de nuevo.


lunes, 10 de octubre de 2016

La soledad del árbitro

    En medio de este ruido de fondo no consigo escuchar el silencio.
     Estoy en la banda, calentando mis articulaciones, comprobando que mis ligamentos serán capaces de proteger mis huesos durante la carrera. Trato de concentrarme en el crujido de mis tobillos cuando hago movimientos circulares pero no escucho nada.
     Necesitaría, ahora más que nunca, el silencio. Apagar los walkies y las escuchas, bajar el volumen de las personas, de las noticias, de la música, de la risa, de la luna cuando crece, de las nubes, de las bombas de Alepo, de las urnas sin ranura, de los gritos, de las violaciones, de los rumores, de las hojas de los árboles, de los silbidos, de los aplausos en las veladas de boxeo, de las series de ficción, de la sangre a borbotones, de la velocidad de la luz y de los universos paralelos. No quiero móviles, ni periódicos del lunes, ni motores de neveras que suenan cuando no tienen cervezas que enfriar.
     Ahora debo buscar el silencio.
     Necesito saber qué hay en mi cabeza. Es hora de saltar al campo.

sábado, 3 de septiembre de 2016

Sin perdón

Algún día te contaré lo que me gusta que andes por mi vida. 
Danzando, como un yogui, de un lugar a otro del planeta.
Y de mi apartamento.
Algún día te contaré lo privilegiada que me siento de conocerte.
Brillando como una luz de led, tendido al sol como si el sol brillara 
Poniendo canciones en ordenadores que no suenan y que tú consigues que suenen como debería sonar la vida cuando la vida mola.
Tendré que ponerte nombre, pero algún día te contaré.
Uno, dos, tres, cuatro cinco, tú, seis.
Te contaré.

jueves, 26 de mayo de 2016

Lo que nuestros amigos hicieron por nuestros amantes

Se sabe, más o menos a ciencia cierta, que hace 66 millones de años hubo una extinción masiva. Una de las cinco extinciones masivas que se conocen hasta ahora.
Y no fue la más grave.
Se sabe también, más o menos a ciencia cierta, que en 2030 habrá una pequeña colonia humana en Marte.
Inmersos como estamos, según aseguran, en la Sexta Extinción, me parece lógico que hagamos caso a Stephen Hawkin y nos larguemos de aquí cuanto antes.
Marte parece un buen lugar, sobre todo desde que Ridley Scott hizo allí de Matt Damon un buen actor.
Y de películas voy.
Porque, aunque ando decidida a enviar mi curriculum a las nuevas colonias, sé que cada mañana me enredo en mi propia extinción y, sentada al borde de la cama, ansío brillar como Roy Batti. Esto es, mucho y breve.
Pero me voy del tema.
Ando preparando la maleta por si hay que salir del planeta y, ante la evidencia de que no iré allí como hembra reproductora, me armo un buen discurso de consejera experimentada.
Y dándole vueltas a mi primera intervención en tierras marcianas, entiendo que, mejor que hablar, es meterles un pen drive con los mejores momentos de mi vida. Eso que en Alta Fidelidad llamó Nick Hornby "los momentos principales".
No es noche para hacer memoria de mis diez momentos principales, pero estoy segura de que, aunque venda mi alma al diablo para vivir mil años más, jamás podré sacar del ranking el placer de saber que nuestros mejores amigos superan con creces el placer perdido de los amantes que no tuvimos.
Cantemos, entonces, a las hadas de los sueños, como si ya se estuvieran escribiendo las crónicas marcianas.

martes, 3 de mayo de 2016

No me gustan los submarinos franceses

Si yo tuviera que ser un submarino, desde luego, sería el Octubre Rojo, uno de esos barcos de la clase Typhoon, equipado con navegación silenciosa de propulsión magnetohidrodinámica y comandado por un traidor a la patria cargado de razones.
Si yo tuviera que ser un submarino cuya tecnología va a pasar a manos del enemigo, desde luego, ficharía a Sean Connery para ser ese traidor cargado de razones. Al fin y al cabo, si has perdido a tu chica víctima de un mal sistema sanitario, lo lógico es que quieras destruir ese sistema sanitario.
Pero, debo reconocer, a veces me tienta ser un U 96, uno de esos submarinos del tipo VII C que Alemania hizo grande de tanto cruzar el Estrecho, subir a Vigo y bajar de nuevo al Estrecho. Su tripulación,  joven y poco experimentada, era capaz, sin embargo, de asumir órdenes si el capitán era de fiar Lo que se llama un Das Boot en toda regla. El barco es bueno, la tripulación es buena, pero el capitán es mejor.
Es importante el asunto del capitán, porque, si vas en un submarino, te pueden pasar muchas cosas chungas: desde que se abra la escotilla equivocada hasta que no funcionen las contramedidas en caso de disparo de torpedo enemigo. Pero puedo decir que la peor de las pesadillas es que los alerones de proa se vayan al carajo en una inmersión de emergencia. Ni te hundes, ni te hunden, pero no te estabilizas ni de coña  y pasas un miedo del infierno. A 270 metros de profundidad, el casco se aplasta por la presión, el aire no fluye y el miedo es intenso, pero, a diferencia del Octubre Rojo, tienes a alguien para cagarte en su puta madre cuando llegas a puerto. Se llama capitán Henrich Lehmann-Willenbrock , que es el tío que te ha salvado la vida. 

Aunque sean los más bonitos, no me gustan los submarinos franceses.
Últimamente hacen tratos con gente que no es de fiar.


miércoles, 30 de marzo de 2016

Si yo pudiera ser Johnny Cash

Si yo fuera Johnny Cash y estuviera todavía vivo, confieso que le partiría la cara a ese tipo que se atreve a mirarte a los ojos a menos de cinco centímetros de tus ojos.

Si tú me dijeras que te quieres ir a casa porque sopla viento de irte a casa, confieso que primero miraría a mi alrededor, por si alguna de las chicas que andan con ganas de irse a casa me gustan más que tú.

Si yo fuera Johnny Cash, te pediría que no me llames nunca más.

jueves, 24 de marzo de 2016

El sitio de mi recreo


Cansada, tirada y con sombrero ladeado.
Los zapatos sucios, la camisa rota, las muñecas estrechas, y los dedos, también estrechos.
Y sucios.
De dónde vendré con esta pinta.
De dónde vendré sin caballo, sin rebaño, sin perro y sin calabozo.
De dónde vendré que no recuerdo ni canciones ni enemigos.
Ni sheriff que me detenga.
De dónde sopla el viento.
Hay nieve, hay fuego, hay deseo, aquí es donde me recreo.






viernes, 19 de febrero de 2016

A millones de años luz

Ni me mires, no te acuerdes, ni  lo intentes. Apaga ya la cámara,. Sabes que está prohibido grabarme,. Te puedes meter en un lío. Tengo los derechos y el copyright vendidos.

Dame un poco de inhalador, de ese que sabes que me abre los bronquios. Conduce y conduce, no pares de conducir. Si paras, tus pulmones se paran. Dame un poco más de inhalador que me abra los pulmones.

No me dejes ese cigarrillo a mano.
Aparta,  Que no me mire. Que se deshaga.

Mírame a los ojos , más de cerca, más de cerca, más de cerca.
Pero apaga la cámara y deja que sea la memoria la que nos abrigue hoy

Soy esa señal que sonó hace diez mil millones de millones de años y que ahora escuchas. Soy esa onda gravitacional que se se escucha en estéreo, (yo, que quería ser una onda discreta) y que vuelve sobre sí misma y se encuentra en un lugar  en el que podría afirmar que nunca estuvo.

Soy paradoja y soy consecuencia.
Estoy en mis antípodas.
No soy Alicia a través del espejo.
Soy yo bajo mi espejo.

He dejado de fumar, pero estoy fumando todos esos cigarrillos que me volverán relativa a mi mentira y eterna en mi materia.

No dejaré de mirar a Lucy, en el cielo, con diamantes. 
No dejaré de mirar el campo de fresas.