Puedes cambiar de ropa, de zapatos y de crema hidratante. Puedes comprarte ese champú de a veinte pavos por la mitad de su valor en un Mercadona de tres al cuarto.
Puedes beber Mahou, Alhambra y San Miguel, según te venga.
Fresquitas.
Puedes cambiar de música preferida, de película preferida, de libro preferido.
Puedes decir hoy que Capote es mejor que Fitzgerald, cuando ayer te pareció que "Suave es la noche" superaba a "Música para camaleones".
Puedes ser un replicante, una iguana, un ruiseñor
Cortarte el pelo no solucionará nada.
Puedes cambiar de imagen las veces que quieras pero, al final, el pelo crece. Europa, no
martes, 13 de junio de 2023
lunes, 13 de febrero de 2023
Ovejas que no ven Netflix
- ¡Vamoooooos! ¡Fuera, fuera, fuera! ¡Un poco de orden! ¡Vamos, ovejas! ¡Salid, salid, salid!".
Ese era el tipo de discurso que nos esperaba siempre al final del esquileo. Qué digo el tipo de discurso: exactamente las mismas palabras año tras año. ¿Once primaveras dejándome pelar el culo sin permiso y todavía me tenía que oír que no molestara al pastor de los cojones?
- ¡Venga ya!, -me dije-. Llevo cuatro horas compartiendo un espacio mínimo con cuatrocientas congéneres que se comportan como si no quedaran carneros en el mundo, ¿y ahora tengo que salir en orden? No me jodas, yo me piro de aquí.
Allí me dirijo ahora, al corazón de la revolución, a aquella tierra prometida de la que se dice que no hay rebaños, ni ciclos reproductivos. Llevo cinco meses caminando hacia el norte, donde leí que había pastos más frescos. Confieso que no está resultando fácil. De vez en cuando me entra una terrible ansiedad cuando tengo que cruzar las autopistas. He visto morir jabalíes atropellados por su falta de paciencia y eso no ayuda. Tampoco llueve mucho. Una vaca me contó que era cosa del cambio climático y me animó a que siguiera adelante. Hizo además de acompañarme en la aventura, pero de su cuello colgaba un cencerro tan ruidoso que hubiera alertado al ganadero. No he llegado todavía a ningún lugar y estoy lejos de casa, pero he pensado mucho en este tiempo y he llegado a la conclusión de que no quiero una nave calentita para ver documentales en streaming sobre lo grande que es el mundo si tengo cuatro patas para recorrerlo.
Y así lo hice: agarré el vellón con los incisivos, agité la cabeza como si me estuviera montando uno de esos sementales que de vez en cuando traen de las ferias y, en un visto y no visto, conseguí colocarme sobre el lomo los tres kilos de lana que me acababan de afeitar. El disfraz era perfecto. El esquilador que me había pasado la cuchilla por todo el cuerpo lo había hecho con tal precisión de cirujano que, a pesar de estar absolutamente desnuda, parecía una oveja sin esquilar.
Lo demás fue sencillo: cuestión de arrimarme a la cancela trasera y empujar lo justo. Nadie me vio. Los mastines fumaban hierba bajo las encinas, y los border collies, en su línea de adictos a los sicotrópicos, perseguían grupos de ovejas. Están locos los border collies. Para ellos correr detrás de una oveja está bien, dos mola más, con tres se ponen a mil y a partir de cinco producen endorfinas para suministrar antidepresivos durante dos años a la ciudad de Nueva York. En fin, me dije, dos razas de perros, dos tipos de drogas, dos maneras de ver la vida.
Sobre cuál sería mi estilo de vida al salir del esquiladero, lo tenía claro: merina, blanca, soltera, de pelo largo y alma en rebeldía. Cuéntale eso a un pastor, a un carnero, a un cordero, incluso a un lobo hambriento. Cuéntales que eres una oveja que no tiene claro su lugar en el rebaño y que estás pasando una crisis de identidad. Te diré lo que ocurre: el pastor llamará al matadero para decirle que este año va una oveja más para fabricar mortadela -doy fe de que eso es lo que hacen con las ovejas viejas-; el carnero buscará un culo nuevo al que subirse, y el cordero, que entre tantas madres de huérfanos ya no sabe cuál es la suya, morderá el primer pezón que le ofrezca leche fresca. Respecto al lobo hambriento, sin comentarios. No hay lobos que pasen hambre allí de donde vengo, los pocos que quedan hurgan en las basuras los restos del asado navideño. Así que sí, ese día lo tuve claro. Mi estilo de vida sería hacer la revolución.
Sobre cuál sería mi estilo de vida al salir del esquiladero, lo tenía claro: merina, blanca, soltera, de pelo largo y alma en rebeldía. Cuéntale eso a un pastor, a un carnero, a un cordero, incluso a un lobo hambriento. Cuéntales que eres una oveja que no tiene claro su lugar en el rebaño y que estás pasando una crisis de identidad. Te diré lo que ocurre: el pastor llamará al matadero para decirle que este año va una oveja más para fabricar mortadela -doy fe de que eso es lo que hacen con las ovejas viejas-; el carnero buscará un culo nuevo al que subirse, y el cordero, que entre tantas madres de huérfanos ya no sabe cuál es la suya, morderá el primer pezón que le ofrezca leche fresca. Respecto al lobo hambriento, sin comentarios. No hay lobos que pasen hambre allí de donde vengo, los pocos que quedan hurgan en las basuras los restos del asado navideño. Así que sí, ese día lo tuve claro. Mi estilo de vida sería hacer la revolución.
Allí me dirijo ahora, al corazón de la revolución, a aquella tierra prometida de la que se dice que no hay rebaños, ni ciclos reproductivos. Llevo cinco meses caminando hacia el norte, donde leí que había pastos más frescos. Confieso que no está resultando fácil. De vez en cuando me entra una terrible ansiedad cuando tengo que cruzar las autopistas. He visto morir jabalíes atropellados por su falta de paciencia y eso no ayuda. Tampoco llueve mucho. Una vaca me contó que era cosa del cambio climático y me animó a que siguiera adelante. Hizo además de acompañarme en la aventura, pero de su cuello colgaba un cencerro tan ruidoso que hubiera alertado al ganadero. No he llegado todavía a ningún lugar y estoy lejos de casa, pero he pensado mucho en este tiempo y he llegado a la conclusión de que no quiero una nave calentita para ver documentales en streaming sobre lo grande que es el mundo si tengo cuatro patas para recorrerlo.
jueves, 6 de octubre de 2022
Por qué sonríes cuando te juegas la vida
Sin embargo algo me despista en ti. Llevas media sonrisa puesta en la comisura izquierda y eso no es propio ni del aplomo ni de un día en que te juegas la eliminatoria y, por ende, el título. No viene a cuento que hoy te coloques una mueca de "melocomotodo". Sonríes detrás de esos hombres, segura de que vas a parar el balón que se te viene encima. Tienes controladas todas las escuadras, no te da miedo un gol de volea, ni un libre indirecto, ni un tiquitaca de tres al cuarto. Te veo segura incluso cuando valoras que a ese delantero le puede salir una chilena de pura chiripa. Las chilenas, como tú bien sabes, son golpes que la vida te da a traición, da lo mismo que estés en Chile, en la Argentina o en Madrid.
El árbitro está terminando de colocar la barrera y el campo entero contiene la respiración. Todos los ojos se fijan en ti y tú no te quitas esa sonrisa que puede irritar al enemigo. Se escuchan palpitar mil corazones mientras te ajustas los guantes. Es el silencio propio de los muertos que quieren salir de sus tumbas y que te recorre el espinazo. Otro tópico, porque tampoco sabes muy bien dónde tienes el espinazo. Pero estás lista y deseas que suene el silbato de ese hombre vestido de negro. El silbato que lanzará el balón buscando tu portería. El balón que tratará de violar tu vida y terminar con tu sonrisa y tu carrera y entonces, cuando por fin suene, tú sabes que no tendrás que hacer nada. Nada en absoluto, porque ahí estarán tus amigos, formando barrera, protegiéndose unos a otros, protegiéndote, y el balón rebotará en sus cuerpos sin siquiera acercarse a tus manos.
Entonces, cuando no tengas que parar ese gol que parecía seguro, el estadio rugirá, como lo haría un camión por las curvas del Jarama. Rugirán todos a una, con una sola voz, espartana ella, que desafíará a los persas que busquen un camino por tus Termópilas. Y el rugido será mítico.
Luego, en el vestuario, me daré cuenta de que ya no tienes talón de Aquiles, ni cortarte el pelo te hará más débil que a Sansón. Porque ahí han estado tus amigos, todos, protegiendo tus partes blandas.
Por eso sonreías tanto, colega.
Y yo no lo veía.
viernes, 15 de abril de 2022
Leones como alfombras voladoras
Me pregunto qué piensan los leones cuando miran el cielo.
Sé algo de gatos, pero no de leones.
Cuando un gato levanta la barbilla es sólo porque lo que ve le mola. Así de simple.
En medio de la sabana, un león mira el cielo como un gato miraría el aire que respira.
Soy el aire que respiro.
Soy el cielo que se abre sobre mi cabeza.
Soy la cabeza que golpea contra el aire que respiras.
Soy el aire, el león, el golpe y quien respira.
Y subo sin miedo a los pedestales para mirar más alto.
Por muchas veces que haya querido ser tus ojos para entender cómo veías el mundo, prefiero el azul del cielo al de tus ojos.
Prefiero ser las olas, la mirada y la marea.
Sé algo de gatos, pero no de leones.
Cuando un gato levanta la barbilla es sólo porque lo que ve le mola. Así de simple.
En medio de la sabana, un león mira el cielo como un gato miraría el aire que respira.
Soy el aire que respiro.
Soy el cielo que se abre sobre mi cabeza.
Soy la cabeza que golpea contra el aire que respiras.
Soy el aire, el león, el golpe y quien respira.
Y subo sin miedo a los pedestales para mirar más alto.
Por muchas veces que haya querido ser tus ojos para entender cómo veías el mundo, prefiero el azul del cielo al de tus ojos.
Prefiero ser las olas, la mirada y la marea.
lunes, 9 de agosto de 2021
Deseando cantar bajo la lluvia
Exterior. Madrugada de agosto.
¿Y si me abro? Si cojo impulso suficiente podré tensar el mecanismo que me mantiene cerrado y buscar al desalmado que me dejó aquí con pinta de imbécil, en esta tórrida noche de verano, sin saber qué hacer, ni para qué sirvo, si para sobrevolar tejados con mujeres que cuelgan de mí, para proteger de la lluvia o, y eso es lo que más me preocupa, para evitar que el sol le queme la cara a la gente. Porque, si ese es el caso, deberé pensar que llevo toda mi vida equivocado y que, definitivamente, no soy un paraguas, sino una sombrilla y, por lo tanto, tendré que hablar de mí en femenino y dejar de segregar la misma testosterona que, seguramente, ha nublado la mente del cabrón que me ha tirado en una esquina, que ni siquiera es esquina, frente al Gregorio Marañón.
Desde luego, si lo que quería el tipo en cuestión era crearme una crisis de identidad, lo está consiguiendo. Pero lo malo de esta situación absurda es que carezco por completo del sentido del tiempo. No del atmosférico, que tampoco estoy tan idiota (sé que hace calor, mucho calor, calor de esos que hace que el asfalto huela a asfalto caliente recién tirado), sino del tiempo tiempo tiempo. El tiempo que pasa, el que se va, el que hace que la vida empiece y termine; el que convierte el amor en convivencia cordial; el que arruga las caras y destensa los músculos de los culos más duros; el que te mira a los ojos y te dice que ya está, que ya pasó Tu Tiempo. Ese tiempo me tiene hecho mierda, porque no sé ni cuánto llevo aquí ni cuánto me queda.
Soy una suma de tela impermeable dispuesta de forma cóncava sobre una serie de varillas metálicas, que se abren y se cierran sobre un eje central accionando un simple ingenio que ahora me mantiene cerrado y en posición vertical. Estoy apoyado sobre una puntera de madera y coronado por una empuñadura que permite a la gente cogerme, elevarme sobre sus cabezas y protegerse. Eso es lo que sé de mí.
Tela, varillas, empuñadura. Tela, varillas, empuñadura.
Esa es mi letanía.
Dicen que dentro de poco lloverá. No estoy seguro. No sé si debería decir, no estoy segura.
Sólo sé que estoy deseando cantar bajo la lluvia.
¿Y si me abro? Si cojo impulso suficiente podré tensar el mecanismo que me mantiene cerrado y buscar al desalmado que me dejó aquí con pinta de imbécil, en esta tórrida noche de verano, sin saber qué hacer, ni para qué sirvo, si para sobrevolar tejados con mujeres que cuelgan de mí, para proteger de la lluvia o, y eso es lo que más me preocupa, para evitar que el sol le queme la cara a la gente. Porque, si ese es el caso, deberé pensar que llevo toda mi vida equivocado y que, definitivamente, no soy un paraguas, sino una sombrilla y, por lo tanto, tendré que hablar de mí en femenino y dejar de segregar la misma testosterona que, seguramente, ha nublado la mente del cabrón que me ha tirado en una esquina, que ni siquiera es esquina, frente al Gregorio Marañón.
Desde luego, si lo que quería el tipo en cuestión era crearme una crisis de identidad, lo está consiguiendo. Pero lo malo de esta situación absurda es que carezco por completo del sentido del tiempo. No del atmosférico, que tampoco estoy tan idiota (sé que hace calor, mucho calor, calor de esos que hace que el asfalto huela a asfalto caliente recién tirado), sino del tiempo tiempo tiempo. El tiempo que pasa, el que se va, el que hace que la vida empiece y termine; el que convierte el amor en convivencia cordial; el que arruga las caras y destensa los músculos de los culos más duros; el que te mira a los ojos y te dice que ya está, que ya pasó Tu Tiempo. Ese tiempo me tiene hecho mierda, porque no sé ni cuánto llevo aquí ni cuánto me queda.
Soy una suma de tela impermeable dispuesta de forma cóncava sobre una serie de varillas metálicas, que se abren y se cierran sobre un eje central accionando un simple ingenio que ahora me mantiene cerrado y en posición vertical. Estoy apoyado sobre una puntera de madera y coronado por una empuñadura que permite a la gente cogerme, elevarme sobre sus cabezas y protegerse. Eso es lo que sé de mí.
Tela, varillas, empuñadura. Tela, varillas, empuñadura.
Esa es mi letanía.
Dicen que dentro de poco lloverá. No estoy seguro. No sé si debería decir, no estoy segura.
Sólo sé que estoy deseando cantar bajo la lluvia.
viernes, 8 de enero de 2021
Confinamientos
Confinamiento 250520
Y para qué vale todo esto, me digo. Y me levanto de la silla para echarle un vistazo al entorno. Me ha servido bien durante estos meses. Confieso que he estado a gusto. Las paredes son blancas, así que sus límites físicos se vuelven translúcidos cuando los miro con los ojos entornados y consigo cierta sensación de amplitud y espacio. Algo así como Jodie Foster en Contact.
Hay tres ventanas, las tres pintadas de rojo, y dos puertas: una de entrada a la casa y otra de salida al patio. A veces se intercambian los papeles y una se convierte en salida y otra en entrada.
Me he distraído con todo lo que ocurre entre estas cuatro paredes. Son muchas paredes, si lo pienso con detenimiento, porque a mí me vale con tres. Siempre estoy viendo la escena, soy el público del interior de mi casa y no pago por ello. A veces entra alguna mosca, algo que he llegado a considerar un acontecimiento, y la sigo con la mirada, sin molestarla, imaginándome cómo ve ella la vida a través de sus ojos compuestos, sin buena resolución en la lente, pero con gran visión periférica, capaz de detectar los movimientos rápidos que se producen a su alrededor y la polarización de la luz. Hasta que regresa al exterior y se me olvida. Me gusta ese momento previo al olvido. Es una fracción de segundo en la que la lucidez de un pensamiento pequeño y vano se vuelve tan intensa que se puede sentir el fogonazo de la inspiración, blanca y brillante, casi pornográfica.
Me he distraído con todo lo que ocurre entre estas cuatro paredes. Son muchas paredes, si lo pienso con detenimiento, porque a mí me vale con tres. Siempre estoy viendo la escena, soy el público del interior de mi casa y no pago por ello. A veces entra alguna mosca, algo que he llegado a considerar un acontecimiento, y la sigo con la mirada, sin molestarla, imaginándome cómo ve ella la vida a través de sus ojos compuestos, sin buena resolución en la lente, pero con gran visión periférica, capaz de detectar los movimientos rápidos que se producen a su alrededor y la polarización de la luz. Hasta que regresa al exterior y se me olvida. Me gusta ese momento previo al olvido. Es una fracción de segundo en la que la lucidez de un pensamiento pequeño y vano se vuelve tan intensa que se puede sentir el fogonazo de la inspiración, blanca y brillante, casi pornográfica.
Durante estos días he estado a punto varias veces de escribir el relato definitivo del mundo visto desde el punto de vista de las moscas, pero siempre, indefectiblemente, la iluminación es sustituida por otro pensamiento más vacuo aún, lo que provoca la llegada del olvido. El olvido siempre llega. Y eso es lo que me preocupa: que llegue el olvido definitivo.
También soy el público de lo que sucede fuera. Tengo tres ordenadores en 40 metros cuadrados, una tablet junto a la cama, una radio con altavoces Sony que ya no lee cedés y una tele grande que te cagas. Todo, incluido mi móvil, conectado a internet por fibra óptica. No es que esté precisamente aislada o desconectada del mundo. (He visto el miedo caminar valiente por las calles). Sin olvidar el tiro de cámara que tengo del cielo cuando me tumbo en la hamaca del patio. De noche, si me quedo mirando el tiempo suficiente, veo girar las estrellas en un pequeño ángulo celeste. No es la Cruz del Sur, pero no está mal. Es cielo de verano. Digamos que este pequeño hormiguero en el que vivo me ha aprovisionado de cobijo, calor, descanso, libros por las paredes y en los dispositivos electrónicos, cervezas frescas en la nevera, películas, música infinita, conciertos en directo por streaming, teclados sobre los que escribir y sol bajo el que broncearme. Hasta he charlado con el gato cuando quería recordar cómo suena mi voz.
También soy el público de lo que sucede fuera. Tengo tres ordenadores en 40 metros cuadrados, una tablet junto a la cama, una radio con altavoces Sony que ya no lee cedés y una tele grande que te cagas. Todo, incluido mi móvil, conectado a internet por fibra óptica. No es que esté precisamente aislada o desconectada del mundo. (He visto el miedo caminar valiente por las calles). Sin olvidar el tiro de cámara que tengo del cielo cuando me tumbo en la hamaca del patio. De noche, si me quedo mirando el tiempo suficiente, veo girar las estrellas en un pequeño ángulo celeste. No es la Cruz del Sur, pero no está mal. Es cielo de verano. Digamos que este pequeño hormiguero en el que vivo me ha aprovisionado de cobijo, calor, descanso, libros por las paredes y en los dispositivos electrónicos, cervezas frescas en la nevera, películas, música infinita, conciertos en directo por streaming, teclados sobre los que escribir y sol bajo el que broncearme. Hasta he charlado con el gato cuando quería recordar cómo suena mi voz.
Ha habido silencio, pero no sé de qué ha servido todo esto, todo este silencio, me digo, si ahora vuelve el ruido y la furia de la gente. Como si no hubiéramos tenido suficiente.
Confinamiento 281220
Así me quedé el 25 de mayo. Cabreada con cómo iba el mundo. Meses después, tirada como una colilla en los cariñosos brazos de mi sofá de tres al cuarto, hago memoria de los libros que me he metido al cuerpo desde entonces y sonrío. He leído un montón.Como en los viejos tiempos, me digo. Y decidida a seguir viviendo aventuras me levanto del sofá, me acerco a la puerta roja del patio y asomo la nariz. Hace tanto frío que salir en camiseta no parece una mala idea si lo que una quiere es sentirse viva.
Decido salir, por supuesto. Hace frío y las hamacas están demasiado húmedas como para sentarme, pero la temperatura del cemento bajo mis pies es tan distópicamente agradable que el cúmulo de contradicciones me obliga a quedarme.
Y aquí sigo. Mirando el cielo de invierno, que tiene poca prensa, pero que reconforta.
Confinamiento 080121
Vaya defecto el mío el de distraerme con nada, pero lo confieso: el 28 de diciembre se me fue la pinza y me quedé mirando un brillante cielo de invierno, con más estrellas que el de julio, y olvidé lo que quería contar. Otra vez el fenómeno de las moscas que entran casa.
Hoy, desde luego, no hay mosca que sobreviva a la nevada que, por las horas que lleva cayendo, debe haber congelado ya el infierno. Hay ocho centímetros de nieve en el patio y al gato le da miedo salir a oler su caja de arena. Me cuesta poco ponerme en su lugar si pienso que su pata delantera mide diez.
El caso es que, desde que he llegado a casa siento la misma fluctuación que sentí en el confinamiento. En el sentido que le da la RAE de "irresolución, indeterminación o duda con que alguien vacila, sin acertar a resolverse". Llevo ya seis horas en casa yendo y viniendo a todas las ventanas y a las puertas que me dejarían entrar y salir de aquí si quisiera. Pero no me decido, porque en cada una de ellas hay un cuento diferente que querría contar. Y cuando parece que hoy tampoco va a ser el día, abro la ventana de la habitación y dejo que entre el aire helado. Hay un paisaje gélido y blanco por el que no pasa nadie. El silencio es igual de blanco y suena como el ruido amortiguado por un colchón de lana. Creo que es hora de ponerme los esquís de fondo y salir a cazar al oso antes de que vuelva a rugir.
viernes, 24 de abril de 2020
Abriendo la cúpula para la nave nodriza.
Si yo hubiera sabido que el tiempo que gasto iba a estar ligado al espacio que ocupo, me habría alquilado un apartamento más grande.
Despierto varios meses después de un tiempo inerte y me encuentro con que Alce Negro, que arrancó cabelleras en Little Big Horne, se convirtió al cristianismo, haciéndose llamar Nicholas Black Elk; que Scott Fizgerall le pilló al descuido varios párrafos de su diario a Zelda, y los metió en el monólogo final de A este lado del paraíso; que Klaus Mann se comió un bote de pastillas porque la sombra de su padre era alargada, y que Bill Whiters y Rubem Fonseca se han muerto como se muere todo el mundo, de un día para otro.
No es un buen momento para regresar de un letargo tan largo, me digo, y evito abrir periódicos y mensajes. No enciendo dispositivos, no abro las ventanas y no exprimo las naranjas. Nada me jodería más el día que una naranja amarga. A cambio, me marco veinte flexiones. Tengo los músculos entumecidos. Sudo, pero me animo a hacer otras veinte. Posición tierra inclinada, dos minutos. Sentadillas, unas treinta. Ahora sí que sudo. Quedan cervezas en la nevera, pero me decido por el agua. No sé si habrá allá a donde voy.
La casa es pequeña, pero el patio no está mal, reconozco, aunque coloco el espejo de la sala en la pared frontal para que parezca más grande. Tengo que combatir la claustrofobia antes de viajar.
Por supuesto, me pongo música. La música, por todo el universo es sabido, ayuda a abrir la mente que se asfixia sin razón. Elijo, no sé por qué, el podcast número 4 de Juan. Una rareza en su trayectoria, creo recordar, pero es lo que me pide el cuerpo tras la larga noche, las malas noticias y el ejercicio inadecuado después de un año de hibernación. Juan, sabe bien cómo ambientar los cambios de vida.
Con todo listo, me siento en una hamaca tan desvencijada como mi memoria. Cierro los ojos. Suena el repicar de los whatsapp, pero me dejo llevar por la música. Suenan los pájaros y me dejo llevar por la música. Sale el sol y suena el silencio. Abro los ojos. Me veo estirar los pies, que se alargan más allá de mi estatura. Me dispongo a esperar.
Espero tanto que el sol ya está cayendo. Me duele la espalda. ¿Me he vuelto a dormir? Ahora no puedo distraerme, pero hay tanto eco en mi mente que puedo escuchar a Harry Dean Stanton cantar mejor que nadie Everybody´s talkin´. "El sonido cambia, la luz desaparece, todo el mundo me habla y yo no oigo una sola palabra de lo que me dicen".
Ha llegado el momento de irse. No corren buenos tiempos para quedarse en este planeta infestado de virus. Ni siquiera sé si mi especie es inmune. Me despido del derredor y abro la escotilla del cielo, para que la nave nodriza pueda localizarme. No sé si habré hecho el suficiente ruido para convertir mi pensamiento en onda gravitacional, pero, durante la hibernación, escuché a Delacroix decir que un día sin escribir es un día que no ha ocurrido.
Y aquí estoy.
Espero que el gato lleve ropa adecuada para saltar al hiperespacio.
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